Una historia de gravedad negativa, de Frank R. Stockton
Mi esposa y yo nos hallábamos pasando una temporada en una pequeña ciudad del norte de Italia; y durante una agradable tarde de primavera estábamos dando un paseo de unos diez kilómetros para ver ponerse el sol tras unas bajas colinas al oeste de la ciudad.
La mayor parte de nuestro paseo lo hicimos a lo largo de una llana y bien asfaltada carretera general, y luego giramos a una serie de carreteras más estrechas, a veces bordeadas de muros y a veces de vallas de alambre o cañas. Cerca de la montaña, en dirección a una baja estribación por la que pretendíamos subir, escalamos fácilmente un murito de algo más de un metro de altura, y nos encontramos en un terreno de pasto que conducía, en ocasiones en ascensión gradual y en ocasiones en forma un poco más escarpada, al lugar que pensábamos alcanzar. Temíamos habernos retrasado un poco, de modo que nos apresuramos, recorriendo con rapidez las herbosas colinas y saltando enérgicamente por los lugares más abruptos y pedregosos. Yo llevaba una mochila firmemente sujeta a mis hombros, y bajo el brazo de mi esposa había un gran cesto flexible del tipo que usan muchos turistas. Su brazo estaba pasado por entre las asas y rodeando el fondo del cesto, que apretaba fuertemente contra su costado. Esa era la forma en que siempre lo llevaba. El cesto contenía dos botellas, una de vino dulce para mi esposa, y otra de vino un poco más seco para mí. Los vinos dulces me dan dolor de cabeza.
Cuando alcanzamos la herbosa escarpadura, bien conocida por todos los enamorados de los atardeceres de aquellos alrededores, yo me dirigí inmediatamente al borde para echar un vistazo a la escena, pero mi esposa se sentó para tomar un sorbo de vino, pues estaba muy sedienta; luego, dejando su cesto, acudió a mi lado. La escena era por supuesto de una gran belleza. Ante nosotros se extendía un amplio valle de varias tonalidades de verde, con un pequeño río atravesándolo, y casas de techos de tejas rojas aquí y allá. Al fondo se alzaba una hilera de montañas, rosa, verde pálido y púrpura allí donde sus cimas captaban el reflejo del sol poniente, y de un intenso gris verdoso en las partes umbrías. Detrás de todo ello estaba el azul cielo italiano, iluminado por un atardecer especialmente hermoso.
Mi esposa y yo somos norteamericanos, y en el tiempo de esta historia éramos personas de mediana edad muy deseosas de ver en compañía el uno del otro cualquier cosa de interés o belleza excepcional que hubiera a nuestro alrededor. Teníamos un hijo de veintidós años, al que también queríamos mucho; pero no estaba con nosotros, pues por aquel entonces estudiaba en Alemania. Aunque todos gozábamos de buena salud, no éramos gente muy robusta y, bajo circunstancias normales, no muy dadas a largas caminatas por el campo. Yo era de mediana estatura, sin demasiado desarrollo muscular, mientras que mi esposa era más bien gruesa y luego siguió siendo gruesa.
Puede que quizás el lector se sienta algo sorprendido ante esa pareja de mediana edad, no muy fuertes ni muy buenos andarines, la dama cargada con un cesto conteniendo dos botellas de vino y un vaso de metal, y el caballero llevando una pesada mochila, llena con toda clase de cosas, atada a su espalda, que se lanzaban a una caminata de diez kilómetros, saltaban un muro, subían aprisa una colina y luego se encontraban todavía en buenas condiciones como para gozar de un atardecer. Procederé a explicar esta peculiar acumulación de circunstancias.
Yo había trabajado toda la vida, pero algunos años atrás me había retirado con una buena renta. Siempre me había sentido muy inclinado hacia la investigación científica, y ahora había convertido ésta en la ocupación y el placer de buena parte de mi tiempo libre.
Nuestra casa estaba en una pequeña ciudad; y en un rincón de mi terreno había construido un laboratorio, donde llevaba a cabo mi trabajo y mis experimentos. Durante mucho tiempo me había sentido ansioso por descubrir los medios no solamente de producir, sino también de retener y controlar, una fuerza natural, realmente lo mismo que la fuerza centrifuga, pero que yo llamaba gravedad negativa. Adopté este nombre porque indicaba mejor que cualquier otro la acción de la fuerza en cuestión, tal como yo la veía. La gravedad positiva atrae todas las cosas hacia el centro de la Tierra. La gravedad negativa, por consiguiente, sería la energía que repele todas las cosas del centro de la Tierra, del mismo modo que el polo negativo de un imán repele la aguja, mientras que el polo positivo la atrae. De hecho, mi objetivo era almacenar fuerza centrífuga y convertirla en algo constante, controlable y susceptible de ser utilizado. Las ventajas de un tal descubrimiento difícilmente pueden ser descritas. Por decirlo en una palabra, aligerarían los pesos del mundo.
No entraré en detalles de los trabajos y decepciones de varios años. Baste decir que finalmente descubrí un método efectivo de producir, almacenar y controlar la gravedad negativa.
El mecanismo de mi invento era más bien complicado, pero el modo de utilizarlo era muy sencillo. Una fuerte caja metálica, de unos veinte centímetros de largo y la mitad de ancho, contenía la maquinaria para producir la fuerza; y era puesta en acción mediante la presión de un tornillo accionado desde el exterior. Tan pronto como se producía esta presión, la gravedad negativa empezaba a desarrollarse y almacenarse, y cuanto mayor era la presión, mayor era la fuerza. Cuando el tornillo era movido hacia fuera y la presión disminuía, la fuerza decrecía, y cuando el tornillo era retirado a tope, la acción de la gravedad negativa cesaba por completo. De modo que esta fuerza podía ser producida o disipada a voluntad en el grado que se deseara, y su acción, mientras el requisito de la presión fuera mantenido, era constante.
Cuando aquel pequeño aparato trabajó a satisfacción mía, llamé a mi esposa a mi laboratorio y le expliqué mi invento y su valía. Ella se había dado cuenta de que yo trabajaba en algo importante, pero no le había dicho de qué se trataba. Le había apuntado solamente que si tenía éxito se lo contaría todo, pero que si fracasaba ella no tenía por qué preocuparse por el asunto. Siendo como era una mujer sensible, aquello la satisfizo completamente.
Ahora se lo expliqué todo…, la construcción de la máquina y los maravillosos usos a los que podía destinarse el invento. Le dije que podía disminuir, o incluso anular completamente, el peso de objetos de toda clase. Una carreta pesadamente cargada, con dos de esos instrumentos colocados a sus lados —atornillados ambos a su fuerza correspondiente—, resultaría tan aligerada que su resistencia contra el suelo sería más leve que la de una carreta vacía, y un caballo pequeño podría tirar de ella con toda facilidad.
Una bala de algodón, con una de estas máquinas sujeta a ella, podría ser manejada y arrastrada por un chiquillo. Cualquier vehículo, con un número adecuado de estas máquinas, podía elevarse por los aires como un globo. En resumen, todo lo que era pesado podía hacerse ligero; y como quiera que una gran parte del trabajo, en todo el mundo, es causado por la atracción de la gravitación, era lógico deducir que esta fuerza repelente, dondequiera que fuese aplicada, podría hacer los paseos menores y el trabajo más fácil.
Le conté de cuántas, cuántas maneras podía ser utilizado el invento, y le hubiera contado muchas más si ella no hubiera estallado de pronto en lágrimas.
—El mundo ha ganado algo maravilloso —exclamó entre sollozos—, ¡pero yo he perdido un esposo!
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, sorprendido.
—Yo nunca me había preocupado por esto porque te proporcionaba algo que hacer, y te gustaba, y nunca interfería con nuestra vida y nuestros placeres familiares. Pero todo ha terminado. Nunca serás dueño de ti mismo a partir de ahora. Tendrás éxito, estoy segura, y puede que ganes mucho dinero con ello, pero no necesitamos dinero. Lo que necesitamos es la felicidad que siempre hemos tenido hasta ahora. A partir de hoy todo serán compañías, y patentes, y abogados, y experimentos, y gente llamándote farsante, y otra gente diciendo que ellos lo descubrieron hace mucho tiempo, y todo tipo de personas viniendo a verte y tú viéndote obligado a ir a todo tipo de lugares… Te convertirás en otro hombre, y ya nunca más volveremos a ser felices. Los millones que puedas ganar no nos compensarán la felicidad que habremos perdido.
Esas palabras de mi esposa me impresionaron profundamente. Antes de llamarla a ella mi mente había empezado a llenarse y a sentirse perpleja con ideas de lo que debía hacer ahora que el gran invento estaba perfeccionado. Hasta ahora el asunto no me había preocupado en absoluto. A veces me había sentido desanimado y a veces animado, pero en general nunca había perdido el deseo de seguir adelante. Había disfrutado mucho con el trabajo, pero nunca había permitido que éste me absorbiera demasiado… Sin embargo, ahora todo era diferente. Tenía el convencimiento de que era mi deber hacia mí mismo y hacia mis semejantes poner mi invento en conocimiento del mundo. ¿Pero cómo debía hacerlo? ¿Qué pasos debía dar? No podía cometer errores. Cuando el asunto fuera del conocimiento público, centenares de científicos se pondrían a trabajar sobre lo mismo; ¿cómo podía asegurar que ninguno de ellos iba a descubrir otros métodos de producir el mismo efecto? Debía protegerme contra muchas cosas. Debía establecer patentes en todas partes del mundo. Como he dicho, mi mente había empezado a sentirse turbada y perpleja con todas esas cosas. No podía argumentar con mi esposa que las alegrías de una vida tranquila y plena no iban a verse rotas definitivamente.
—Querida —dije—, creo al igual que tú que esto nos acarreará más males que bienes. Si no fuera porque así privaría al mundo de un invento que considero útil, me desharía de él. Y sin embargo —añadí, dolido—, había esperado obtener una gran satisfacción personal del uso de mi invento.
—Ahora escúchame —dijo mi esposa firmemente—. ¿No crees que lo mejor que puedes hacer es esto; utilizar tu invento tanto como te plazca para tu propia diversión y satisfacción, pero dejar que el mundo espere aún un poco? Ha estado esperando durante mucho tiempo, así que déjalo que espere todavía un poco más. Cuando los dos estemos muertos, deja que Herbert reciba el invento. Entonces será lo suficientemente mayor como para decidir por sí mismo si es mejor sacar ventaja de él para su propio provecho o simplemente entregarlo al mundo por nada. Sería engañarle si nosotros hiciéramos eso último, pero también podría ser una gran equivocación si, a su edad actual, echáramos sobre sus hombros una responsabilidad tan grande. Además, si él lo recibiera ahora, no podrías impedir el verte envuelto en ello también.
Acepté el consejo de mi esposa. Escribí un informe completo y detallado del invento, lo lacré y lo envié a mis abogados para ser entregado a mi hijo después de mi muerte. Si él moría antes, podía hacer otros arreglos. Luego decidí sacar todo lo bueno y divertido que pudiera de aquello, sin decirle a nadie nada al respecto. Ni siquiera a Herbert, que estaba lejos de casa.
Lo primero que hice fue comprar una fuerte mochila de cuero, y dentro de ella sujeté mi pequeña máquina, con el tornillo dispuesto de tal modo que pudiera ser accionado desde el exterior.
Sujetándola firmemente a mis hombros, mi esposa giró suavemente el tornillo hasta que la tendencia ascendente de la mochila empezó a elevarme y a sustentarme. Cuando me sentí tan suavemente sostenido y alzado que parecía pesar tan sólo quince o veinte kilos, salí a dar un paseo. La mochila no me alzó del suelo, pero me proporcionó una espléndida caminata. No me costaba el menor esfuerzo andar: era una delicia, un éxtasis. Con la fortaleza de un hombre y el peso de un niño, caminé y caminé alegremente. El primer día anduve una decena de kilómetros a un paso vivo, y regresé sin sentirme cansado en absoluto. Esos paseos empezaron a convertirse en una de las mayores alegrías de mi vida.
Cuando nadie estaba mirando, saltaba incluso las vallas, a veces solamente tocándolas con una mano, y a veces incluso sin tocarlas. Gozaba andando por los terrenos escabrosos. Saltaba los riachuelos. Cabrioleaba y corría. Me sentía como el propio Mercurio.
Empecé a construir otra máquina, de modo que mi esposa pudiera acompañarme en mis paseos; pero cuando la hube terminado ella se negó rotundamente a utilizarla.
—No puedo llevar una mochila —dijo—, y no hay ninguna otra forma de llevarla atada a mí. Además, todo el mundo aquí sabe que no soy muy andarina, y lo único que conseguiría sería levantar murmuraciones.
Ocasionalmente hice uso de esta segunda máquina, pero sólo contaré un ejemplo de su aplicación. Era necesario efectuar algunas reparaciones en los cimientos de mi granero, y un carromato de los tirados por dos caballos, cargado con piedras para la construcción, fue traído a mi patio y dejado allí. Por la tarde, cuando los hombres se hubieron ido, tomé mis dos máquinas y las até, con fuertes cadenas, una a cada lado del carromato cargado. Luego, girando gradualmente los tornillos, hice que el carromato quedara tan ligero que prácticamente no pesaba nada. Teníamos un viejo asno que había pertenecido a Herbert, y que ahora utilizábamos ocasionalmente con un pequeño carrito para llevar paquetes desde la estación. Entré en el granero y le puse los arneses al pequeño animal y, llevándolo al exterior junto al carromato, lo até a él. En esta posición su aspecto era francamente divertido, con la larga vara sobresaliendo por delante de él y el gran carromato detrás.
Cuando todo estuvo listo le di una palmada y, con gran alegría por mi parte, avanzó tirando de la carga de piedras, que dos caballos apenas podían mover, tan fácilmente como si estuviera arrastrando su propio carrito. Lo conduje fuera, a la calle, cosa que efectuó sin dificultad. Era un animal algo terco, y a veces se detenía, pues no le gustaba la forma peculiar en que estaba atado al carromato; pero un toque en los tornillos de los mecanismos le hizo seguir avanzando, y pronto le hice dar la vuelta y devolver el carromato al patio.
Aquello determinó el éxito de mi invento en uno de sus más importantes usos, y con el corazón satisfecho devolví el asno al establo y regresé a casa.
Nuestro viaje a Europa se efectuó pocos meses después de esto, y fue debido principalmente a nuestro hijo Herbert. El pobre muchacho tenía una gran aflicción y, en consecuencia, nosotros también. Se había prometido, con nuestro pleno consentimiento, a una joven dama de nuestra propia ciudad, la hija de un caballero al que teníamos en gran estima. Herbert era muy joven todavía para casarse, pero como nuestra opinión era que nunca encontraría una muchacha más adecuada que aquélla para convertirse en una buena esposa, nos sentíamos enteramente satisfechos, especialmente puesto que todos decidimos de común acuerdo que el matrimonio no se efectuaría hasta después de un cierto tiempo.
Teníamos la impresión de que, casándose con Janet Gilbert, Herbert se aseguraría, en el inicio de su carrera, el elemento más importante para una vida feliz. Pero de pronto, sin ninguna razón que nos pareciera justificable, el señor Gilbert, el único familiar directo de Janet que aún vivía, rompió el compromiso, y él y su hija abandonaron poco después la ciudad para un viaje al Oeste.
Este golpe casi rompió el corazón al pobre Herbert. Abandonó sus estudios profesionales y regresó a casa junto a nosotros, y durante un tiempo pensamos que iba a ponerse seriamente enfermo. Luego lo llevamos con nosotros a Europa y, tras un recorrido de un mes o dos por el continente, lo dejamos, a petición propia, en Gotinga, donde pensaba que estaría bien y podría volver a trabajar.
Luego nosotros nos instalamos en la pequeña ciudad italiana donde nos ha encontrado el inicio de mi historia. Mi esposa había sufrido mucho, tanto moral como físicamente, a causa de nuestro hijo, y por esa razón yo pretendía que hiciera mucho ejercicio al aire libre y gozara tanto como le fuera posible del vigorizante aire del país. Yo había llevado conmigo mis dos pequeñas máquinas. Una seguía en mi mochila, y la otra la había sujetado a la parte interior de un enorme baúl familiar. Como quiera que uno está obligado a pagar por cada kilo de equipaje que lleva consigo en sus viajes por el continente, eso me ahorró una buena cantidad de dinero. Todo lo pesado estaba metido dentro de ese gran baúl, libros, papeles, recuerdos de bronce, hierro y mármol que habíamos recogido aquí y allá, y todos los artículos que normalmente lastran el equipaje de un turista. Giré el tornillo del aparato de gravedad negativa hasta lograr que el baúl pudiera ser manejado con gran facilidad por cualquier mozo de cuerda normal. Podría haber hecho que no pesara absolutamente nada, pero eso por supuesto habría llamado la atención, y no era ése mi deseo. La ligereza de mi equipaje, no obstante, ocasionó algún que otro comentario, y oí alguna observación no demasiado amable respecto a la gente que viaja con baúles vacíos; sin embargo, me divirtió.
Deseoso de que mi esposa pudiera disfrutar también de las ventajas de la gravedad negativa mientras efectuábamos nuestros paseos, había retirado la máquina del baúl y la había sujetado en el interior de su cesto, que ella podía llevar bajo el brazo. Eso la ayudó maravillosamente. Cuando sentía el brazo cansado se pasaba el cesto al otro y así, con una mano en mi brazo, podía seguir fácilmente los ligeros y vigorosos pasos que mi mochila me permitía dar.
Aquí no podía objetar nada, puesto que nadie sabía que no era buena andarina, y siempre llevaba algo de vino u otras bebidas en el cesto, no sólo porque resultaba agradable llevarlos con nosotros sino porque parecería ridículo ir por ahí llevando un cesto vacío.
Había gente de habla inglesa en el hotel donde estábamos, pero parecían más inclinados a conducir que a andar, y ninguno de ellos se ofreció a acompañarnos en nuestros vagabundeos, de lo cual sinceramente nos alegramos. Había un hombre, sin embargo, que era un gran andarín. Era un inglés, un miembro de un Club Alpino, y generalmente iba por ahí vestido con unos pantalones bombachos, con calcetines de lana gris cubriendo un enorme par de pantorrillas.
Una tarde, este caballero estaba hablando conmigo y con algunos otros acerca de la ascensión al Matterhorn, y aproveché la ocasión para dar mi opinión sobre tales hazañas, con un lenguaje más bien incisivo. Declaré que las consideraba inútiles, arriesgadas y, si el escalador tenía a alguien que le amase, egoístas.
—Incluso aunque el tiempo permita gozar de una espléndida vista —dije—, ¿qué es eso comparado con el terrible riesgo de perder la vida? Bajo ciertas circunstancias —añadí (pensando en una especie de chaleco que tenía idea de hacerme, el cual, provisto con pequeñas máquinas de gravedad negativa, todas ellas conectadas con un tornillo convenientemente manejable, podría permitir al portador eliminar a voluntad siempre que quisiera todo o parte de su peso)—, tales ascensiones pueden estar desprovistas de peligro y ser incluso admisibles; pero normalmente cualquier hombre inteligente fruncirá el ceño ante ellas.
El hombre del Club Alpino me miró, observando especialmente mi silueta más bien delgada y mis flacas piernas.
—Es comprensible que hable usted de ese modo —dijo—, porque es fácil ver que no está preparado para ese tipo de cosas.
—En conversaciones de este tipo —respondí—, siempre evito hacer alusiones personales; pero puesto que usted ha elegido hacerlas, me siento inclinado a invitarle a subir caminando conmigo hasta la cima de la montaña que hay al norte de esta ciudad.
—Lo haré en el momento que usted diga —repuso. Y mientras abandonaba la habitación oí cómo se echaba a reír.
A la tarde siguiente, hacia las dos, el hombre del Club Alpino y yo emprendimos nuestro camino hacia la montaña.
—¿Qué lleva usted en su mochila? —preguntó.
—Un martillo por si encuentro especímenes geológicos, unos prismáticos, una botella de vino y algunas otras cosas.
—Yo no llevaría ningún peso, si fuera usted.
—Oh, no se preocupe —le respondí, e iniciamos la marcha.
La montaña hacia la que nos dirigíamos estaba a unos tres kilómetros de la ciudad. Su parte más cercana era más bien pronunciada, y en algunos lugares incluso abrupta, pero su ladera era más suave hacia el norte, y por aquel lado ascendía una carretera con muchas curvas hasta un pueblecito cerca de la cima. No era una montaña muy alta, pero se necesitaba toda una tarde para subirla.
—Supongo que deseará usted ir siguiendo la carretera —dijo mi compañero.
—Oh, no, no vale la pena ir hasta tan lejos. Hay un sendero que sube por este lado, por el que he visto a algunos hombres llevar sus cabras. Prefiero tomarlo.
—De acuerdo, si usted lo quiere así —respondió con una sonrisa—; pero lo va a encontrar un tanto duro.
Al cabo de un rato observó:
—Yo no andaría tan rápido, si fuera usted.
—Oh, me encanta el paso vivo —dije. Y seguí al mismo ritmo.
Mi esposa había atornillado la máquina de la mochila más de lo normal, y para mí andar casi no representaba ningún esfuerzo. Yo llevaba un largo bastón de alpinista, y cuando alcanzamos la montaña e iniciamos la subida, descubrí que con la ayuda del bastón y mi mochila podía trepar a un ritmo estupendo. Mi compañero había tomado la delantera, a fin de mostrarme cómo subir. Desviándome por entre algunas rocas, pasé rápidamente delante de él y me situé a la cabeza. Tras de lo cual le fue imposible mantener mi ritmo. En los lugares más empinados ni siquiera disminuía mi marcha; acortaba las revueltas del sendero trepando ágilmente por entre las rocas, e incluso cuando me limitaba a seguir el camino mi paso era tan rápido como si estuviera caminando por terreno llano.
—¡Vaya con cuidado! —gritó el hombre del Club Alpino desde abajo—. ¡Se matará si sigue subiendo a ese ritmo! Esa no es forma de escalar montañas.
—¡Es mi forma de hacerlo! —le grité. Y seguí saltando. Veinte minutos después de llegar yo a la cumbre se me unió mi compañero, resoplando y secándose el enrojecido rostro con su pañuelo.
—¡Maldita sea! —gritó—. Nunca he subido una montaña con tanta rapidez en mi vida.
—No necesitaba apresurarse —le dije, fríamente.
—Temía que pudiera ocurrirle algo —gruñó—, y deseaba detenerle. Nunca he visto a nadie subir de una forma tan absurda.
—No veo por qué ha de llamarla usted absurda —dije, sonriendo con aire de superioridad—. He llegado en perfectas condiciones, ni cansado ni sudado.
No respondió, pero se alejó un poco, abanicándose con su sombrero y gruñendo palabras que no conseguí captar. Al cabo de un rato, propuse volver a bajar.
—Tendrá que ir con cuidado al bajar —dijo—. Es mucho más peligroso bajar por sitios empinados que subir por ellos.
—Siempre soy prudente —respondí, y pasé delante.
Hallé el descenso de la montaña mucho más agradable que la ascensión. Era algo positivamente estimulante. Saltaba de rocas y riscos de dos y tres metros de altura, y tocaba el suelo tan suavemente como si no hubiera bajado más de medio metro. Descendía corriendo por el empinado sendero y, con ayuda de mi bastón, me detenía en un instante.
Evitaba cuidadosamente los lugares peligrosos, pero las carreras y saltos que daba no los había dado ningún otro hombre antes en aquella montaña. Sólo una vez oí la voz de mi compañero.
—¡Se va… a partir… el cuello! —jadeó.
—¡No tema! —grité en respuesta, y muy pronto lo dejé atrás.
Cuando llegué abajo hubiera debido esperarle, pero mi actividad me había acalorado un poco, y como fuera que empezaba a soplar el viento del atardecer, pensé que seria mejor no detenerme para no enfriarme. Media hora después de mi llegada al hotel volví a bajar al patio, refrescado y vestido para la cena, y justo a tiempo para encontrarme al hombre del Club Alpino cuando entraba, acalorado, polvoriento y gruñendo.
—Discúlpeme por no haberle aguardado —dije.
Pero sin pararse a escuchar mis razones, murmuró algo acerca de aguardar en un lugar donde nadie se preocuparía de permanecer, y penetró en el edificio.
No había la menor duda de que lo que yo había hecho había satisfecho mi orgullo y halagado mi vanidad.
—Me parece que ahora difícilmente podrá decir que no estoy preparado para ese tipo de cosas —dije, cuando le relaté el asunto a mi esposa.
—No estoy segura de que lo que has hecho haya sido honesto —respondió ella—. Él no sabía cómo eras ayudado.
—Fui completamente honesto. Él contaba con la ayuda de su inherente vigor, su constitución y su entrenamiento. No me dijo qué métodos de ejercicio utilizó para conseguir esos enormes músculos en sus piernas. Yo fui ayudado a subir por el ejercicio de mi intelecto. Mi método es cosa mía, y su método es cosa suya. Es perfectamente justo.
Pero ella insistió:
—Él pensó que tú subías con tus piernas, y no con tu cabeza.
Y ahora, tras esta larga digresión, necesaria para explicar cómo una pareja de mediana edad y de poca habilidad pedestre, y cargada con una pesada mochila y un pesado cesto, habían iniciado una dura caminata y luego una subida —con un recorrido de veintidós kilómetros—, volvamos a nosotros, de pie en la pequeña escarpadura y contemplando el atardecer. Cuando el cielo empezó a oscurecerse un poco, nos preparamos para regresar a la ciudad.
—¿Dónde está tu cesto? —dije.
—Lo dejé aquí —respondió mi esposa—. Desatornillé la máquina y se quedó completamente plano en el suelo.
—¿Sacaste luego las botellas? —pregunté, viéndolas en medio de la hierba.
—Sí. Creo que lo hice. Tuve que sacar la tuya a fin de coger la mía.
—Entonces —dije, tras mirar por todas partes en la herbosa extensión donde estábamos—, me temo que no desatornillaste completamente el instrumento, y que cuando fue eliminado el peso de las botellas el cesto se elevó suavemente por los aires.
—Eso debe de haber pasado —dijo lúgubremente—. El cesto estaba detrás de mí mientras yo bebía mi vino.
—Creo que eso es exactamente lo que ha ocurrido. ¡Mira ahí arriba! ¡Juraría que es nuestro cesto!
Tomé mis prismáticos y los enfoqué a un puntito que se divisaba muy alto sobre nuestras cabezas. Era el cesto, flotando muy arriba en el aire. Le tendí los prismáticos a mi esposa para que mirara, pero ella no los cogió.
—¿Qué voy a hacer ahora? —exclamó—. No puedo andar de vuelta hasta casa sin ese cesto. ¡Es terrible!
Parecía a punto de llorar.
—No te preocupes —dije, aunque yo mismo me sentía bastante inquieto—. Volveremos perfectamente a casa. Puedes apoyar tu mano en mi hombro, mientras yo paso mi brazo por tu cintura, y entonces puedes atornillar más mi máquina, y nos llevará a los dos. De esa forma estoy seguro de que podremos desenvolvemos muy bien.
Llevamos adelante el plan, y conseguimos andar con una cierta comodidad. A decir verdad, con la mochila tirando de mí hacia arriba y el peso de mi esposa tirando de mí hacia abajo, las correas me lastimaban un poco, lo cual no me había ocurrido antes. No saltamos a la carretera por encima del murito, sino que, agarrándonos el uno al otro, nos encaramamos penosamente a él. El camino descendía suavemente en su mayor parte hacia la ciudad, y lo recorrimos con relativa facilidad. Pero andábamos mucho más lentamente que antes, y era ya oscuro cuando llegamos a nuestro hotel.
De no ser por la luz que había en el patio hubiéramos tenido dificultades en encontrarlo.
Un carruaje de pasajeros estaba parado ante la entrada, y mi esposa pasó primero. Fui a seguirla pero, cosa extraña, no noté nada bajo mis pies. Pateé vigorosamente, sin conseguir otra cosa que agitar mis piernas en el aire. ¡Descubrí con horror que estaba elevándome por los aires! Pronto vi, a juzgar por la luz de abajo, que estaba a unos cinco metros del suelo.
El carruaje se alejó, y en la oscuridad no fui visto por nadie. Por supuesto, sabía lo que había ocurrido. El instrumento de mi mochila había sido atornillado a una intensidad mayor, a fin de soportarnos tanto a mí como a mi esposa, de modo que cuando su peso desapareció la fuerza de la gravedad negativa fue suficiente para elevarme del suelo. Sin embargo, me alegré al descubrir que cuando alcancé la altura que he mencionado no seguí subiendo, sino que me quedé colgando en el aire, aproximadamente al nivel de la segunda hilera de ventanas del hotel.
Intenté alcanzar el tornillo en mi mochila a fin de reducir la fuerza de la gravedad negativa; pero, por más que lo intenté, no conseguí llevar mi mano hasta él. La máquina había sido situada de modo que me soportara de una forma cómoda y bien equilibrada; y para conseguirlo había sido imposible dejar el tornillo a mi alcance.
Sin embargo, en una adaptación temporal de esta clase no había considerado necesario preocuparme por ese detalle, puesto que mi esposa giraba siempre el tornillo por mí hasta alcanzar la intensidad de elevación suficiente. Tenía la intención, como he dicho antes, de construir un chaleco de gravedad negativa, en el cual el tornillo estuviera en la parte frontal, y enteramente bajo el control del portador; pero eso pertenecía aún al futuro.
Cuando descubrí que no podía girar el tornillo empecé a alarmarme realmente. Allí estaba, flotando en el aire, sin ningún medio de alcanzar el suelo. No podía confiar en que mi esposa regresara a buscarme, pues seguramente supondría que me había detenido a hablar con alguien. Pensé en librarme de la mochila, pero aquello no conseguiría otra cosa que hacerme caer violentamente contra el suelo, con lo que o me mataría o me rompería algunos huesos. No me atrevía a pedir ayuda, puesto que si alguno de los ingenuos habitantes de la ciudad me descubría flotando por los aires me tomaría fácilmente por un demonio y quizás incluso me disparara.
Estaba soplando una moderada brisa, que me arrastraba suavemente calle abajo. Si me hubiera empujado contra un árbol habría podido agarrarme a él e intentar deslizarme hacia abajo por él; pero no había árboles. Había algunas farolas aquí y allá, pero los reflectores situados sobre ellas arrojaban su luz hacia el pavimento y no hacia arriba. En muchos sentidos me alegraba de que la noche fuera tan oscura, porque, por mucho que anhelara bajar, no deseaba que nadie me viera en esa extraña posición, que para todo el mundo excepto yo mismo y mi esposa parecería absolutamente inexplicable. Si conseguía ascender hasta el nivel de los tejados, tal vez pudiera sujetarme a uno de ellos y, arrancando unas cuantas tejas, lastrarme lo suficiente como para ser capaz de bajar. Pero no conseguí alcanzar el alero de ninguna de las casas. Si hubiera habido algún poste telegráfico, o algo parecido a lo que sujetarme, habría podido quitarme la mochila y bajar de la mejor manera posible al suelo. Mas no había nada a lo que echar mano. Incluso los canalones de desagüe, contando con que pudiera alcanzar las fachadas de las casas, estaban empotrados en las paredes. En una ventana abierta, cerca de la cual derivé lentamente, vi a dos muchachitos yéndose a la cama a la débil luz de una vela. Temí con espanto que me vieran y dieran la alarma. Me acerqué tanto a la ventana que adelanté un pie y le di una patada a la fachada con tanta fuerza que casi crucé la calle por los aires. Creo que capté una asustada mirada en el rostro de uno de los niños; pero no estoy seguro de ello, y no oí ningún grito. Seguí flotando, balanceándome en el aire, calle abajo.
¿Qué podía hacer? ¿Debía gritar pidiendo socorro? En ese caso, si no recibía un disparo o una pedrada, mi extraña situación, y el secreto de mi invento, serían expuestos a todo el mundo. Si no lo hacía, o bien terminaría cayendo y matándome —o dañándome seriamente—, o colgaría allí hasta morir. Cuando, en el transcurso de la noche, el aire se enrareciera, era probable que siguiera subiendo más y más alto, quizás hasta una altitud de cuarenta o cincuenta metros.
Entonces sería imposible que alguien me alcanzara y me devolviera abajo, aunque estuviera convencido de que yo no era un demonio. Terminaría muriendo, y cuando los pájaros se hubieran comido de mi todas las partes que fueran capaces de devorar seguiría colgando allá arriba sobre la desdichada ciudad, un bamboleante esqueleto con una mochila a la espalda.
Tales pensamientos no eran nada reconfortantes, y decidí que, si no hallaba ningún medio de bajar sin ayuda, llamaría y correría todos los riesgos; pero mientras pudiera resistir la tensión de las correas aguantaría, con la esperanza de hallar un árbol o un poste.
Quizá lloviera y mis mojadas ropas se volvieran entonces lo suficientemente pesadas como para permitirme descender hasta la altura de una farola.
Mientras ese pensamiento cruzaba por mi mente vi un destello de luz acercándose a mí calle arriba. Imaginé con acierto que procedía de la cazoleta de una pipa, y entonces oí una voz. Era la del inglés, el hombre del Club Alpino. De todas las personas en el mundo que no deseaba que me descubrieran, aquélla era la primera, de modo que me mantuve tan inmóvil en el aire como me fue posible. El hombre estaba hablando con otra persona que andaba junto a él.
—Está loco, sin la menor duda —decía el inglés—. ¡Nadie excepto un maníaco puede subir y bajar esa montaña como él lo hizo! No tiene ningún músculo, y uno sólo necesita mirarle para saber que no puede realizar la menor ascensión de una forma natural. Lo único que puede darle esa fuerza es la excitación de la locura.
Los dos hombres se detuvieron casi debajo de mí, y el que hablaba prosiguió:
—Tales cosas ocurren muy a menudo con los maníacos. En ocasiones adquieren una fuerza innatural que es algo sorprendente. En una ocasión vi a un tipo forcejear y luchar de tal modo que cuatro hombres fornidos no pudieron sujetarle.
Entonces habló el otro.
—Me temo que lo que usted dice es completamente cierto —observó—. De hecho, yo me había dado cuenta hace ya algún tiempo.
La respiración casi se me cortó ante esas palabras. Era la voz del señor Gilbert, mi conciudadano y el padre de Janet. Debía de ser el que había llegado con el carruaje. Parecía ser un conocido del inglés, y estaban hablando de mí. Procedente o improcedente, escuché con toda atención.
—Es un caso muy triste —continuó el señor Gilbert—. Mi hija estaba comprometida para casarse con su hijo, pero deshice el compromiso. No podía permitir que se casara con el hijo de un lunático, y de eso no había ninguna duda. Ha sido visto, un hombre de su edad y un cabeza de familia, cargado con una pesada mochila, que no tiene en absoluto ninguna necesidad de acarrear, recorriendo los caminos durante kilómetros y kilómetros, saltando las cercas y las rocas y cruzando las zanjas como un ternero o un potrillo. Yo mismo vi el más desconsolador ejemplo de cómo la naturaleza del hombre más afable puede verse transformada por el desarreglo de su intelecto. Estaba a una cierta distancia de su casa, pero le vi claramente uncir un pequeño asno que tiene a un enorme carro de dos caballos cargado con piedras, y golpear y fustigar a la pobre bestia hasta que arrastró la pesada carga un cierto trecho por la calle. Sentí deseos de recriminarle su horrible crueldad, pero antes de que pudiera llegar a su lado había devuelto el carro al patio.
—Oh, no puede haber ninguna duda sobre su locura, y no se le debería dejar viajar por ahí en esas condiciones. Algún día arrojará a su esposa por un precipicio sólo por el placer de verla caer por los aires.
—Lamento que esté aquí, porque me va a resultar muy doloroso encontrarme con él. Mi hija y yo nos retiraremos pronto esta noche, y mañana por la mañana continuaremos nuestro camino lo antes posible a fin de no verle. Y siguieron su camino hacia el hotel.
Durante unos momentos colgué allí, olvidada por completo mi situación, y absorto en el significado de aquellas revelaciones. Una idea llenaba ahora mi mente. Debía explicárselo todo al señor Gilbert, aunque para ello tuviera que llamarle ahora mismo y contarle la verdad desde allí arriba.
Justo entonces vi algo blanco acercándose a mí por la calle. Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, y vi que se trataba de un rostro vuelto hacia arriba. Reconocí el apresurado modo de andar, la silueta; era mi esposa. Y se acercaba. Pronuncié su nombre, y al mismo tiempo le supliqué que no gritara. Debió de representar un gran esfuerzo para ella dominarse, pero lo consiguió.
—Tienes que ayudarme a bajar sin que nadie nos vea —le dije.
—¿Qué debo hacer? —susurró.
—Intenta coger la punta de esta cuerda.
Sacando un trozo de cordel de mi bolsillo, dejé caer un extremo hacia ella. Pero era demasiado corto; no podía alcanzarlo. Entonces le até mi pañuelo, pero aún no era lo suficientemente largo.
—Puedo ir a buscar más cordel, o pañuelos —susurró ella apresuradamente.
—No. No podrías hacérmelos llegar… Escucha, apoyadas contra la pared del hotel, a un lado, cerca de la esquina, en la parte interior de la puerta del jardín, hay varias cañas de pescar. Las podrás encontrar fácilmente en la oscuridad. Ve, por favor, y tráete una.
El hotel no estaba muy lejos, y en pocos minutos mi esposa regresó con una caña de pescar. Se puso de puntillas y la alzó todo lo que pudo en el aire; pero todo lo que consiguió fue golpearme los pies y las piernas con ella. Mis más frenéticos movimientos no me permitieron bajar las manos lo suficiente como para tocarla.
—Espera un momento —dijo, y la caña desapareció.
Supe lo que estaba haciendo. Había un sedal y un anzuelo en la caña, y mi esposa estaba sujetando con femenina destreza el anzuelo a la parte superior de la caña. Muy pronto volvió a ponerse de puntillas, y me golpeó suavemente las piernas con la caña. Tras unos cuantos intentos el anzuelo se enganchó en mis pantalones, un poco por debajo de mi rodilla derecha. Luego hubo un ligero tirón, un largo desgarrón bajando por mi pierna, y el anzuelo quedó enganchado en la parte superior de mi bota. Entonces empezó a tirar suavemente hacia abajo, y noté que descendía. Suave y firmemente, la caña fue bajada; en pocos instantes mi tobillo fue sujetado firmemente por una mano ansiosa. Luego alguien pareció colgarse de mí, mis pies tocaron el suelo, un brazo me rodeó el cuello, la mano de otro brazo se afanó en la parte de atrás de mi mochila, y pronto me sentí apoyado con firmeza en la calle, completamente libre de mi gravedad negativa.
—No hubiera debido olvidarlo —sollozó mi esposa—. ¡No hubiera debido soltarte y dejar que te fueras por los aires! Al principio pensé que te habías quedado atrás, y no fue hasta hace un momento que comprendí la verdad. Entonces salí corriendo y empecé a mirar hacia arriba, buscándote. Sabía que llevabas cerillas en tu bolsillo, y esperé que estuvieras encendiéndolas para así poder ser visto.
—Pero es que yo no deseaba ser visto —dije, mientras nos apresurábamos hacia el hotel—, y nunca te agradeceré lo bastante el que me hallaras y me hicieras bajar de nuevo. ¿Sabes que los recién llegados son el señor Gilbert y su hija? Le he visto hace un momento. Te lo explicaré todo cuando vaya arriba.
Me quité la mochila y se la tendí a mi esposa, que la llevó a nuestra habitación, mientras yo buscaba al señor Gilbert. Afortunadamente, lo encontré justo cuando estaba a punto de subir a su habitación. Aceptó la mano que le tendía, pero me miró triste y gravemente.
—Señor Gilbert —dije—, necesito hablar con usted en privado. Quedémonos un momento en esta habitación. No hay nadie aquí.
—Amigo mío —repuso el señor Gilbert—, será mucho mejor que evitemos discutir ese tema. Es muy doloroso para ambos, y no saldrá nada bueno de hablar de él.
—Usted no puede comprender ahora de qué quiero hablarle. Venga aquí, y en unos minutos se alegrará de haberme escuchado.
Mis modales eran tan serios y solemnes que el señor Gilbert se vio obligado a seguirme, y penetramos en una pequeña estancia llamada salón de fumar, pero en la cual la gente raramente fumaba, y cerramos la puerta.
Inmediatamente empecé a hablar. Le dije a mi viejo amigo que había descubierto, por medios que en aquel momento no hacían al caso, que me juzgaba loco, y que ahora el objetivo más importante de mi vida era rehabilitarme ante sus ojos.
Tras de lo cual le narré toda la historia de mi invento, y le expliqué la razón de las acciones que me habían hecho aparecer a sus ojos como un lunático. No dije nada del pequeño incidente de aquella noche. Era un simple accidente, y ahora no valía la pena hablar de él.
El señor Gilbert me escuchó muy atentamente.
—¿Su esposa está aquí? —preguntó, cuando yo hube terminado.
—Sí, y ella corroborará mi historia en todos sus detalles. Y no creo que nadie haya pensado nunca que ella también está loca… La iré a buscar y se la traeré.
Al cabo de pocos minutos mi esposa estaba en la habitación y estrechaba la mano del señor Gilbert. Le conté lo de mi sospechada locura. Se puso pálida, pero sonrió.
—Ha actuado como un loco —dijo—, pero nunca supuse que nadie pudiera pensar que lo estaba. Y las lágrimas afluyeron a sus ojos.
—Y ahora, querida, quizá puedas decirle al señor Gilbert las razones de todo ello.
Y entonces ella le contó la historia tal como se la había contado yo.
El señor Gilbert nos miró alternativamente, con aire desconcertado.
—Por supuesto que no dudo de ninguno de los dos o, mejor dicho, no dudo que ustedes creen en lo que están diciendo. Todo estaría bien si yo pudiera dar crédito a la existencia de una fuerza como la que ustedes mencionan.
—Esto es algo que podemos probarle fácilmente con una simple demostración —dije—. Si está dispuesto a esperar un poco, hasta que mi esposa y yo hayamos cenado algo, porque me siento hambriento y estoy seguro de que ella también, podré hacer que su mente se tranquilice sobre este punto.
—Esperaré aquí —dijo el señor Gilbert— y me fumaré un cigarro. No se apresuren, me hará bien tener un poco de tiempo para pensar en lo que acaban de decirme.
Cuando hubimos terminado la cena, que nos sirvieron aparte porque ya había pasado la hora, subí a mi habitación y tomé mi mochila, y ambos nos reunimos con el señor Gilbert en el salón de fumar. Le mostré la pequeña máquina y le expliqué, muy brevemente, los principios de su construcción. No hice ninguna demostración práctica de su funcionamiento, porque había gente yendo arriba y abajo por los pasillos que en cualquier momento podía entrar en la habitación. Pero, mirando por la ventana, vi que la noche era mucho más clara. El viento había disipado las nubes, y las estrellas brillaban intensamente.
—Si quiere usted venir a la calle conmigo —le dije al señor Gilbert—, le mostraré cómo funciona esto.
—Eso es precisamente lo que quiero ver.
—Yo iré con ustedes —dijo mi esposa, echándose un chal por la cabeza.
Salimos a la calle. Cuando estuvimos fuera de la pequeña ciudad observé que la luz de las estrellas era suficiente para mis propósitos. La blanca carretera, los pequeños muros, todos los objetos que nos rodeaban podían distinguirse claramente.
—Ahora —le dije al señor Gilbert—, deseo que se ponga usted esta mochila y compruebe cómo se siente uno con ella y lo que le ayuda a caminar. —Asintió con energía, y la sujeté firmemente sobre su espalda—. Ahora giraré este tornillo hasta que empiece usted a sentirse más y más ligero.
—Ve con cuidado de no darle demasiadas vueltas —dijo mi esposa, inquieta.
—No te preocupes —repuse, girando el tornillo muy gradualmente.
El señor Gilbert era un hombre robusto, y me vi obligado a darle varias vueltas al tornillo.
—Parece haber una considerable fuerza de ascensión en eso —dijo al instante.
Entonces lo rodeé con mis brazos, y descubrí que podía alzarlo fácilmente del suelo.
—¿Está alzándome usted? —exclamó, sorprendido.
—Sí, y con suma facilidad.
—¡Válgame Dios! —murmuró el señor Gilbert.
Entonces le di media vuelta más al tornillo y le dije que anduviera y corriera un poco. Lo hizo, primero lentamente, luego a largas zancadas, después echó a correr, y finalmente a saltar y a brincar. Habían pasado muchos años desde que el señor Gilbert saltase y brincase por última vez. No había nadie a la vista, de modo que podía hacer todas las cabriolas que quisiera.
—¿Puede darle usted otra vuelta? —dijo, plantándose de un salto a mi lado—. Me gustaría probar ese murito.
Le añadí un poco más de gravedad negativa, y saltó por encima de una pared de metro y medio con gran facilidad. En un instante había brincado de vuelta a la carretera, y en dos saltos más estaba otra vez a mi lado.
—Me siento ligero como un gato —dijo—. Nunca había experimentado nada semejante.
Y de nuevo se puso a saltar, dando pasos de al menos dos metros y medio de largo, dejándonos a mi esposa y a mí riendo de buen grado ante la extraordinaria agilidad de nuestro intrépido amigo. En pocos minutos estaba de nuevo con nosotros.
—Quítemelo —dijo—. Si lo llevo un poco más desearé uno para mí, y entonces me tomarán por loco, y quizá me encierren en un asilo.
—Ahora —dije, mientras aflojaba el tornillo antes de quitarle la mochila—, ¿comprende usted cómo doy tan largos paseos, y salto y brinco; cómo corro arriba y abajo por las colinas, y cómo el pequeño asno pudo arrastrar el carro cargado?
—Lo comprendo todo. Retiro todo lo que pensé o dije de usted, amigo mío.
—¿Y Herbert podrá casarse con Janet? —exclamó mi esposa.
—¿Podrá casarse? —gritó el señor Gilbert—. ¡Por supuesto! ¡Deberá casarse con ella, si tengo yo alguna autoridad al respecto! Mi pobre niña ha estado llorando desde que le dije que debía olvidar el compromiso.
Mi esposa echó a correr hacia él, pero no sé decir si lo abrazó o simplemente le estrechó la mano; yo sujetaba la mochila con una mano, mientras que con la otra me estaba restregando los ojos.
—Pero, mi querido amigo —dijo el señor Gilbert francamente—, si usted sigue considerando en su propio interés que debe mantener su invento en secreto, desearía que nunca lo hubiera construido. Nadie que posea una máquina como ésa puede privarse de usarla, y a menudo es tan malo ser considerado un maníaco como serlo realmente.
—Amigo mío —dije con cierta excitación—, ya me he formado una opinión al respecto. Esta pequeña máquina que llevo en la mochila, y que es la única que poseo, ha constituido un gran placer para mí. Pero ahora sé que también ha supuesto un gran perjuicio, indirectamente, para mí y para los míos, por no mencionar algunos inconvenientes directos y algún que otro peligro, del que le hablaré en otro momento. El secreto está entre nosotros tres, y dentro de ese círculo lo mantendremos. Sin embargo, el invento en sí está demasiado lleno de tentaciones y de peligros para cualquiera de nosotros.
Mientras hablaba tenía sujeta la mochila con una mano, y con la otra giraba rápidamente el tornillo. Al cabo de pocos instantes la mochila estaba muy alta sobre mi cabeza, y la mantenía sujeta con dificultad por sus correas.
—¡Mire! —exclamé. Entonces la solté, y la mochila salió disparada hacia arriba y desapareció en el aire.
Estuve a punto de hacer alguna observación, pero no tuve ninguna posibilidad, ya que mi esposa se había arrojado en mis brazos, sollozando de alegría.
—¡Oh, soy tan feliz…, tan feliz! —dijo—. ¿Y nunca más harás otra?
—¡Nunca más!
—Ahora, apresurémonos y vayamos a ver a Janet —dijo ella.
—No saben ustedes lo pesado y torpe que me siento —dijo el señor Gilbert, esforzándose por mantener nuestro paso mientras regresábamos—. ¡Si hubiera llevado esa cosa un rato más, nunca habría sido capaz de quitármela!
Janet se había retirado a sus habitaciones, pero mi esposa subió a hablar con ella.
—Creo que lo sintió tanto como nuestro muchacho —dijo cuando regresó—. Pero puedo decirte, querido, que dejé a una muchacha realmente feliz en esa pequeña habitación sobre el jardín.
Y allí había tres personas de más edad también realmente felices, que siguieron hablando hasta muy tarde aquella noche.
—Voy a escribir a Herbert ahora mismo —dije, cuando nos separamos para acostamos—, y le diré que se reúna con nosotros en Ginebra. No creo que le cause ningún perjuicio si hacemos que interrumpa sus estudios precisamente ahora.
—Si me deja añadir una posdata a la carta —dijo el señor Gilbert—, estoy seguro de que no necesitará una mochila con un tornillo para acudir a reunirse rápidamente con nosotros.
No la necesitó.
Es un maravilloso placer viajar sobre la tierra como un Mercurio alado, sintiéndose aliviado de esa atracción de la gravedad que nos hace arrastrarnos por el suelo y transforma gradualmente el movimiento de nuestros cuerpos en debilidad y trabajo. Pero este placer no puede compararse, creo, con el proporcionado por el vigor y la ligereza de dos jóvenes corazones enamorados, reunidos tras una separación que habían supuesto iba a durar siempre.
Lo que les ocurrió al cesto y a la mochila, o si alguna vez llegaron a reunirse en las capas superiores del aire, es algo que no sé.
Mientras permanezcan flotando fuera del alcance de las manos y del entendimiento de los hombres, me sentiré satisfecho.
Respecto a si alguna vez el mundo llegará a saber algo más del poder de la gravedad negativa o no, eso es algo que depende enteramente de la voluntad de mi hijo Herbert, cuando —tras muchos años felices, espero— abra los documentos que mis abogados mantienen en custodia.
(Nota: Será absolutamente inútil interrogar a mi esposa a este respecto, porque ella ha olvidado completamente cómo funcionaba mi máquina y cómo estaba construida. En cuanto al señor Gilbert, él nunca llegó a saberlo).
Comentarios