El Horla, de Guy de Maupassant

 

8 de mayo

Hoy ha hecho un día maravilloso. He pasado toda la mañana tumbado en el césped que hay delante de mi casa, a la sombra de un gran plátano. Me gusta esta parte del país, y me gusta vivir aquí porque me siento ligado por ancestrales asociaciones, por esas profundas y sutiles raíces que unen al hombre con la tierra que vio nacer y morir a sus antepasados, al tiempo que con las ideas y costumbres del lugar, la gastronomía, las expresiones locales, el peculiar acento de los campesinos, el olor del suelo, de los pueblos y de la propia atmósfera.

Adoro la casa en la que he crecido. Desde las ventanas se ve el Sena, que fluye paralelo a mi jardín, al otro lado de la carretera, casi a través de mis tierras. El ancho Sena, que va de Rouen al Havre, surcado de múltiples embarcaciones que lo recorren en ambas direcciones.

A lo lejos, hacia la izquierda, está la gran ciudad de Rouen, con sus tejados azules bajo las innumerables y puntiagudas torres góticas, esbeltas unas, macizas otras, dominadas por la catedral y llenas de campanas que resuenan haciendo vibrar el aire en las hermosas mañanas; su dulce y distante tañido llega hasta mi casa más intenso, o más débil, según sea el viento más fuerte o más leve.

¡Qué deliciosa mañana he pasado!

A eso de las 11, un grupo de embarcaciones, dirigidas por un remolcador no mayor que una mosca y que apenas resopló al arrojar su espeso humo, pasó ante mi puerta.

Detrás de dos goletas inglesas, cuya roja bandera tremolaba en el espacio, vi también un magnífico buque brasileño, completamente blanco y asombrosamente limpio y reluciente. Lo saludé al pasar, no sé por qué, quizá porque su vista me produjo un gran placer.

12 de mayo

Desde hace unos días tengo una ligera fiebre y me siento enfermo, o más bien decaído.

¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que cambian nuestra felicidad en desánimo y nuestra confianza en nosotros mismos en inseguridad? ¿Hay que creer que el aire, el invisible aire, está lleno de desconocidas presencias que hemos de soportar? Me despierto en la mejor disposición, con ganas de cantar. ¿Por qué razón? Llego hasta la orilla del agua y, después de un corto paseo, me vuelvo a casa sintiéndome repentinamente desgraciado, como si me aguardara alguna calamidad. ¿Por qué causa? ¿Ha sido porque un estremecimiento de frío ha rozado mi piel, ha trastornado mis nervios y ha hecho decaer mi ánimo? ¿Hay que buscar la causa en la forma de las nubes, el color del cielo o de las cosas que nos rodean, y que cambian tanto que influyen en mis pensamientos a la par que pasan ante mis ojos? ¿Quién puede decirlo?

Todo lo que nos rodea, cada cosa que vemos aun sin mirarla, cada cosa que tocamos sin darnos cuenta de ello, cada cosa que asimos, todo lo que encontramos, sin percibirlo claramente, tiene un efecto rápido, sorprendente e inexplicable sobre nosotros y sobre nuestros sentidos y, a través de ellos, sobre nuestras ideas y nuestro corazón.

¡Cuán profundo es este misterio de lo invisible! No podemos sondearlo con nuestros débiles sentidos, no podemos verlo con nuestros ojos, incapaces de apreciar lo que es demasiado grande o demasiado pequeño, lo que está demasiado cerca de nosotros o demasiado lejos —ni los habitantes de una estrella, ni los de una gota de agua—, ni podemos oírlo con nuestros oídos, que nos engañan, pues lo que llega a nosotros son las vibraciones del aire transformadas en sonoras notas. Son como hadas que realizan el milagro de cambiar esas vibraciones en sonidos, y esas metamorfosis hacen nacer la música… Ni tampoco podemos percibirlo por el olfato, que es menos agudo en nosotros que en el perro, ni con nuestro sentido del gusto, que apenas si puede determinar la edad de un vino.

¡Ah! ¡Si tuviéramos otros órganos que pudieran hacer otros milagros en nuestro favor, qué maravillas podríamos descubrir en torno nuestro!

16 de mayo

Decididamente, estoy enfermo. ¡Me sentía tan bien el mes pasado! Estoy febril, horriblemente febril, o más bien me encuentro en un estado de enervación febril que me hace sufrir moral y físicamente. Siento continuamente la horrible sensación de algún peligro que me amenaza, la aprensión de alguna desgracia que viene a mi encuentro, o quizá de la proximidad de la muerte; esa clase de presentimiento que es, a no dudarlo, un síntoma de alguna enfermedad aún desconocida, que germina en la carne y en la sangre.

17 de mayo

Acabo de llegar de consultar a mi médico, porque hace días que no puedo dormir. Me dijo que tenía el pulso algo acelerado, los ojos dilatados y alguna alteración en el sistema nervioso, pero que no encontraba síntomas alarmantes. Me recetó baños de lluvia y bromuro de potasio.

25 de mayo

No he experimentado ningún cambio. Mi estado es muy especial. Según avanza la tarde, me invade un sentimiento de inquietud, como si la noche fuera a traerme algún desastre. Ceno apresuradamente y trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas puedo distinguir las letras. Entonces, bajo al salón, oprimido por un sentimiento de confuso e irresistible temor; el temor de dormirme, y el temor de echarme en la cama.

A eso de las 10 subo a mi habitación, y cierro la puerta con llave y con cerrojo. Tengo miedo… ¿De qué? Hasta ahora, nunca, he tenido miedo de nada… Abro las puertas del armario y miro debajo de la cama. Trato de escuchar… ¿qué?

¡Qué extraña es esta sensación de desasosiego, de lento o acelerado fluir de la sangre! Quizá la irritación de un filamento nervioso, una ligera congestión o un pequeño desarreglo en el delicado e imperfecto funcionamiento de la máquina de nuestro vivir pueda sumir al hombre de más fuerte corazón en la melancolía, y convertir en cobarde al más valeroso. Me meto en la cama, al fin, y espero la llegada del sueño, como un condenado puede esperar la de su verdugo. Espero su llegada con temor y mi corazón late apresuradamente y mis piernas tiemblan, mientras mi cuerpo se estremece bajo las mantas que debieran darme calor, hasta que caigo dormido de pronto, como uno que se lanza de cabeza a un pozo de agua estancada, con el propósito de ahogarse. No me doy cuenta de cuándo llega este sueño pérfido, que me cerca y me ronda, y que se apodera de mi cabeza, cierra mis ojos y me anula.

Me duermo por espacio de dos o tres horas quizás, y mi sueño es una pesadilla que me atenaza. Advierto que estoy en la cama y dormido…, y a la vez percibo que alguien se acerca a mí, me contempla, me toca, se tiende en mi cama, pone las rodillas sobre mi pecho, enlaza mi cuello con sus manos y me aprieta, me aprieta con el propósito de estrangularme.

Trato de luchar, atado por ese terrible sentimiento de impotencia que nos paraliza en nuestros sueños. Quiero gritar y no puedo; deseo moverme y tampoco puedo; intento librarme con los más violentos esfuerzos de aquel ser que está sobre mi ahogándome y sofocándome, y es imposible.

Entonces me despierto temblando y cubierto de sudor. Enciendo la luz y hallo que estoy solo. Después de esta crisis, que se repite cada noche, caigo dormido y no me despierto hasta la mañana siguiente.

2 de junio

Me encuentro peor. ¿Qué es lo que me pasa? Ni el bromuro ni los baños me alivian nada. Algunas veces, con el fin de cansarme —aunque de ordinario me siento ya bastante cansado—, me doy un largo paseo hasta el bosque de Roumare. Esta tarde tenía la esperanza de que la luz y la suavidad del aire, embalsamado con el aroma de las hierbas y las hojas, pudieran producir nueva sangre en mis venas y dar nueva energía a mi corazón. Caminé por una ancha senda y después torcí hacia La Bouille, a través de un estrecho camino flanqueado por dos hileras de árboles, que formaban un espeso y verde techo entre el cielo y yo.

Recorrió mi cuerpo un estremecimiento, pero no de frío; fue un extraño escalofrío como de agonía, y me apresuré a dar la vuelta, inquieto al verme solo en el bosque, y temeroso, estúpida e irracionalmente temeroso, de aquella soledad. Y de pronto me pareció como si alguien me siguiera los pasos, cerca, muy cerca de mí, tan cerca que casi me tocaba.

Me volví con presteza y vi que estaba solo. Detrás de mí no vi nada ni a nadie, excepto la recta y ancha senda, bordeada de altos árboles y solitaria, horriblemente solitaria, que se extendía ante mí hasta perderse en la lejanía, igualmente sola y terrible.

Cerré los ojos. ¿Por qué? Giré sobre mis talones rápidamente, como una peonza. Estuve a punto de caer y abrí los ojos: los árboles, la tierra y el cielo giraban en torno mío. Tuve que sentarme. Entonces… no pude recordar cómo había llegado allí. ¡Qué idea más extraña! Me volví hacia la derecha y me encaminé a la avenida que me había conducido al centro del bosque.

3 de junio

He pasado una noche atroz. Voy a ausentarme por espacio de unas semanas, pues confío en que un viaje me sentará bien.

2 de julio

He vuelto, restablecido por completo, tras una deliciosa excursión. He estado en Mont Saint-Michel, que no conocía.

¡Qué hermosa vista la que se contempla cuando se llega a Avranches al caer la tarde, que fue precisamente el momento de mi llegada! La ciudad está situada en lo alto de una colina. Me llevaron en seguida a los jardines que se encuentran en las afueras de la ciudad. Prorrumpí en gritos de admiración. Una amplia bahía se extendía ante mis ojos, hasta perderse de vista entre dos colinas difuminadas a lo lejos entre la niebla; y en esa inmensa bahía, amarilla, bajo un cielo claro, dorado, se alzaba en medio de la arena una colina muy particular, oscura y puntiaguda. El sol ya se había puesto y, a sus últimos destellos, se divisaba la silueta de la fantástica roca, en el centro de la cual se alzaba un no menos fantástico monumento.

A la mañana siguiente me dirigí hacia allí. La marea estaba baja, lo mismo que la noche anterior, y vi cómo una admirable abadía se levantaba ante mis ojos, según me acercaba a ella. Después de caminar largo rato, llegué a la enorme masa de rocas que sirve de soporte al pueblecito dominado por la hermosa iglesia. Subí una estrecha y empinada calle y entré en el más maravilloso templo gótico erigido a Dios en la tierra; inmenso, como una ciudad, lleno de pequeñas habitaciones que parecen sepultadas bajo techos abovedados, y largas galerías adornadas de delicadas columnas.

Entré en esa gigantesca joya granítica —tan ligera, por otra parte, como un trozo de encaje—, cubierta de torres y con esbeltos campanarios, enlazados entre sí por finas arquerías y a los que se sube por escaleras de caracol adornadas con extrañas cabezas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, hasta un cielo azul durante el día y negro por la noche.

Cuando llegué a la cúspide, dije al monje que me acompañaba:

—Padre, ¡qué feliz debe de ser usted aquí!

Y él me contestó:

—Aquí hace siempre demasiado viento, señor.

Y así empezamos a hablar, mientras contemplábamos cómo subía la marea, que iba invadiendo la arena, cubriéndola como con una coraza de acero. Entonces fue cuando el monje me contó las historias, todas las viejas historias referentes a aquel lugar, que no pueden ser sino leyendas.

Una de esas historias me hizo mucha impresión. La gente del pueblo, los que son de allí, afirman que por la noche se oyen dos voces que hablan allá abajo en la arena, y que se oye balar a dos cabritas, una con un balido fuerte y otra con balido suave. Los incrédulos dicen que esos ruidos son sólo los chillidos de los pájaros marinos, que a veces semejan voces humanas, y otras, balidos. Pero pescadores nocherniegos juran y perjuran que han visto a un viejo pastor vagando por la arena entre marea y marea, alrededor del pueblo; lleva la cabeza cubierta con su capa, y le siguen un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con cara de mujer, ambos con pelo blanco y largo, y que hablan y riñen incesantemente en una lengua desconocida. De pronto dejan de hablar y empiezan a balar con todas sus fuerzas.

—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.

—No sé qué decirle —me contestó.

Entonces continué:

—Si en la tierra hay otros seres, además de nosotros, ¿cómo es que en tanto tiempo el hombre no ha llegado a conocerlos? ¿Cómo es que ni usted ni yo los hemos visto nunca?

—¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? —me replicó el monje—. Considere, por ejemplo, el viento: es la fuerza más potente de la naturaleza; abate al hombre, derrumba edificios, desarraiga árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye riscos y estrella grandes navíos contra las rocas. El viento, que mata, que silba, que suspira, que ruge, ¿lo ha visto usted alguna vez, o cree poder verlo? Y sin embargo, no hay duda de que existe.

Ante razonamiento tan sencillo, permanecí silencioso. Sin duda el monje era un filósofo o un loco; no podía decirlo con exactitud, así que guardé silencio. Pero lo que acababa de decirme había estado muchas veces en mi pensamiento.

3 de julio

He dormido muy mal. Indudablemente hay algo aquí que produce fiebre, pues mi cochero padece lo mismo que yo. Anteayer, al regresar a casa, advertí su singular palidez y le pregunté: «¿Qué le pasa, Jean?». «Pues que duermo mal y las malas noches malgastan mis días. Desde que usted se marchó, señor, parece que ha caído sobre mí una maldición», me dijo.

Sin embargo, los restantes sirvientes están bien; pero yo tengo miedo de que me dé un nuevo ataque.

4 de julio

No hay duda de que he recaído, pues he vuelto a sufrir aquellas espantosas pesadillas. La noche pasada sentí a alguien apoyado sobre mí, que me sorbía la vida de entre los labios. Me arrancaba la vida desde la garganta, como una sanguijuela. Cuando se sació, me dejó libre y yo desperté tan agotado, tan quebrantado y débil que no podía moverme. Si esto continúa unos días más, acabará conmigo.

5 de julio

¿Es que he perdido la razón? Lo que me ocurrió anoche es tan extraño que la cabeza me da vueltas cuando pienso en ello.

Había cerrado la puerta de mi habitación, como hago siempre, y como sintiera sed, bebí medio vaso de agua, e incidentalmente percibí que la botella quedaba llena hasta donde comenzaba el estrechamiento del cuello. Me metí en la cama y al punto me sumí en no de mis terribles sueños, del que me desperté un par de horas después, aterrorizado por un tremendo espanto.

Imaginen a un hombre dormido al que se está asesinando y que se despierta con un puñal en un costado, sin poder respirar, cubierto de sangre, y que ya pierde el aliento y está a punto de morir y no comprende el porqué de todo ello… y podrán hacerse una idea de lo que yo sentía.

Cuando recobré la lucidez de mis sentidos sentí sed de nuevo, de modo que encendí la luz y me dirigí a la mesa en que había quedado la botella de agua. Tomé la botella para llenar el vaso, y allí no había nada. ¡Estaba vacía, completamente vacía! Al principio no comprendí aquello; después me vino una idea tan terrible que tuve necesidad de sentarme, o mejor, me dejé caer en una silla. Me levanté súbitamente para mirar en torno mío y de nuevo me dejé caer en el asiento, dominado por un sentimiento de asombro y terror, mirando el transparente vidrio de la botella; la miraba fijamente, tratando de hacer conjeturas, y mis manos temblaban. Alguien se había bebido el agua, pero ¿quién? Yo, sin duda alguna. No podía ser otro, claro está; pero en ese caso, yo era sonámbulo. Sin saberlo, vivía esa doble vida que nos hace dudar de si existen en nosotros dos seres, o si un ser extraño, incognoscible e invisible, en aquellos momentos en que nuestro espíritu se encuentra en un estado de letargo, viene y da vida y movimiento a nuestro cuerpo, que obedece a ese otro ser como nos obedece a nosotros, e incluso más.

¿Quién podría comprender mi horrible agonía? ¿Quién podría comprender la emoción de un hombre sano de espíritu, que se sabe completamente despierto, lleno de sentido común, que mira con horror una botella de agua cuyo contenido ha desaparecido mientras dormía?

Permanecí en aquella actitud hasta la mañana, sin aventurarme a irme de nuevo a la cama.

6 de julio

Voy a volverme loco. De nuevo el agua de mi botella ha sido bebida durante la noche…, o quizá yo me la he bebido.

Pero ¿he sido yo?, ¿he sido yo? ¿Y quién podría ser si no? ¿Quién? ¡Oh, Dios mío! ¿Es que voy a volverme loco? ¿Quién podría ayudarme?

10 de julio

Acabo de pasar por unas pruebas muy extrañas. Decididamente voy a volverme loco. ¡Y no obstante…!

El día 6 de julio, antes de acostarme, dejé sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Alguien bebió —o yo bebí— toda el agua y algo de leche; pero no tocó ni el vino, ni el pan, ni las fresas.

El 7 de julio volví a hacer la prueba con el mismo resultado. El 8 dejé leche y agua, que nadie tocó.

Finalmente, ayer, día 9, dejé sobre la mesa sólo leche y agua, envolviendo cuidadosamente las botellas, hasta el gollete, en muselina blanca. Después tizné mis labios, mi barba y mis manos con un lápiz, y me fui a la cama.

Un sueño irresistible cayó sobre mí, que pronto fue interrumpido por un pavoroso despertar. No me había movido, y las sábanas no estaban manchadas de lápiz. Me apresuré a acercarme a la mesa; la muselina alrededor de las botellas estaba intacta; la quité con manos temblorosas. El agua y la leche habían sido bebidas. ¡Ah! ¡Dios mío!

Debo salir para París, inmediatamente.

12 de julio

París. Debí de perder la cabeza durante aquellos pocos días. He sido el juguete de mi imaginación sobreexcitada, a menos que sea realmente sonámbulo; o quizás he estado sujeto a una de esas extrañas influencias, desconocidas hasta hoy, a las que llaman sugestiones. En todo caso, me encontraba al borde de la locura, y veinticuatro horas en París han bastado para devolverme el equilibrio.

Ayer tarde, después de despachar algunos asuntos y hacer unas visitas que llevaron a mi espíritu un aire tónico y vigorizante, me fui al Théâtre Français. Se representaba una obra de Alejandro Dumas hijo, y su activa y poderosa imaginación contribuyó no poco a mi curación. Es verdad, la soledad es peligrosa para los espíritus activos; necesitamos a nuestro alrededor gentes con las que poder hablar, razonar. Cuando estamos solos, poblamos el vacío que nos rodea con fantasmas.

Volví al hotel paseando por los bulevares, en excelente estado de ánimo. Entre el barullo de la muchedumbre, pensé, no sin ironía, en mis terrores e imaginaciones de la semana anterior; porque había llegado a creer —sí, en verdad había llegado a creerlo— que bajo mi techo vivía un ser invisible. ¡Qué débil es nuestro cerebro, y con cuánta facilidad un pequeño hecho incomprensible le hace caer en los mayores errores! Y en vez de decirnos a nosotros mismos «no comprendo esto, porque ignoro la causa que lo produce», imaginamos al punto misterios terribles y poderes sobrenaturales.

14 de julio. 

Fiesta de la República. Anduve vagabundeando por las calles, divertido como un chiquillo con los petardos y banderas, a pesar de que siempre me ha parecido un poco tonto el alegrarse a fecha fija, por decreto del gobierno. El populacho es semejante a una manada de ovejas, a una hora estúpidamente paciente y a la otra ferozmente revolucionario. Le dicen: «¡Diviértete!», y se divierte. Le dicen: «¡Vete y riñe con tu vecino!», y riñe. Le dicen: «¡Vota al emperador!», y su voto es para el imperio. Le dicen, de nuevo: «¡Vota a la república!», y vota a la república.

Los líderes de las masas son tan estúpidos como ellas, sólo se diferencian en que aquéllos no obedecen a otros hombres, sino a principios —que pueden ser estériles y falsos—, por la única razón de que son principios, es decir ideas consideradas como ciertas e inmutables, en un mundo como éste, donde no conocemos nada con certeza, pues ni siquiera sabemos si la luz o el sonido son meras ilusiones.

16 de julio

Ayer vi algunas cosas que me perturbaron no poco. Fui a comer a casa de mi prima, la señora de Sablé, casada con un coronel del 76 Cuerpo de Cazadores de Limoges. Había allí dos mujeres jóvenes, una de ellas esposa de un médico, el doctor Parent, el cual presta mucha atención a las enfermedades de los nervios y a las notables manifestaciones que pueden ofrecer, bajo la influencia del hipnotismo y de la sugestión.

Este doctor Parent nos explicó, con alguna extensión, los admirables resultados obtenidos por hombres de ciencia ingleses y por los doctores de la Escuela de Nancy; y los hechos que expuso me parecieron tan extraños que le dije que me costaba darles crédito.

—Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza —declaró el médico—; quiero decir, uno de los más importantes secretos de este planeta en que vivimos, pues hay otros secretos de diversa importancia en las estrellas y más allá. Siempre, desde que el hombre ha ejercitado el pensamiento, desde que ha sido capaz de escribir y expresar sus ideas, se ha sentido rodeado de un misterio impenetrable para sus toscos e imperfectos sentido~, y ha tratado de suplir esa imperfección con su inteligencia. Mientras la inteligencia permanece en su estado elemental, las apariciones de los espíritus invisibles asumen formas comunes, aunque terroríficas. De aquí proceden las creencias populares en lo sobrenatural, las leyendas de aparecidos, hadas, gnomos, duendes, y aun podría decir que también la leyenda de Dios; pues nuestra concepción del creador del mundo, cualquiera que sea la religión de donde esta concepción nos venga, es la más mediocre, la más estúpida y la más increíble invención que ha podido brotar del aterrado espíritu de un ser humano. Nada es más verdadero que el dicho de Voltaire: «Dios hizo al hombre a su imagen, pero ciertamente el hombre le ha pagado con la misma moneda». Sin embargo, desde hace algo más de una centuria el hombre parece haber tenido un presentimiento de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han puesto en una pista inesperada, y especialmente en los dos o tres últimos años hemos llegado a resultados sorprendentes.

Mi prima, que es muy escéptica, sonrió, y el doctor Parent le preguntó:

—¿Quiere usted, señora, permitirme que la duerma?

—Encantada —contestó ella.

Se sentó en una cómoda silla y él la miró largamente, como para fascinarla. Yo empecé a sentirme inquieto, y mi corazón empezó a latirme aceleradamente, al tiempo que sentía una angustiosa sensación en la garganta. Vi cómo los ojos de mi prima se ponían pesados, se contraía su boca y respiraba profundamente dormida.

—Póngase detrás de ella —me dijo.

Después, el doctor puso en las manos de mi prima una tarjeta de visita y le preguntó:

—Aquí tiene un espejo; ¿qué ve en él?

—Veo a mi primo.

—¿Qué está haciendo?

—Se retuerce el bigote.

—¿Y ahora?

—Saca una fotografía de su bolsillo.

—¿De quién es la fotografía?

—De él mismo.

Era verdad; aquella fotografía me la habían dado aquella misma tarde en el hotel.

—¿Qué posición tiene en este retrato?

—Está en pie y tiene el sombrero en la mano.

Ella veía, allí, en la tarjeta, en la blanca cartulina, como si estuviera mirando en un espejo.

Las otras dos jóvenes estaban aterradas y exclamaron:

—¡Oh, ya basta! ¡Ya basta!

Pero el doctor dijo autoritariamente a la señora de Sablé: «Mañana se levantará usted a las ocho, irá al hotel a visitar a su primo y le pedirá que le preste quinientos francos, que su marido necesita para su próximo viaje».

Y entonces la despertó.

De regreso a mi hotel, iba pensando en la sesión tan curiosa a que había asistido, y me sentía asaltado por dudas, no acerca de la indudable buena fe de mi prima, pues la conocía desde la niñez como si fuera mi propia hermana, sino acerca del posible truco del doctor. ¿Tendría él, oculto en su mano, un espejito, que pudo mostrarle mientras dormía al tiempo que le mostraba la tarjeta? Los profesionales de los juegos de manos hacen cosas semejantes.

Llegué al hotel, me metí en la cama y a la mañana siguiente me despertó mi criado diciéndome: «La señora de Sablé desea verle ahora mismo, señor». Me vestí apresuradamente y fui al encuentro de mi prima. Estaba sentada y parecía presa de gran agitación, mientras me decía, sin alzar los ojos del suelo y sin levantar el velo que cubría su rostro:

—Tengo que pedirte un favor, querido primo.

—¿De qué se trata?

—No me atrevo a decírtelo y, no obstante, no tengo otro remedio. Necesito quinientos francos.

—¿Los necesitas tú?

—Sí, o mejor dicho, los necesita mi marido, que me ha pedido que se los proporcione.

Quedé tan estupefacto que no supe qué contestar. Me preguntaba sí no estaría tratando de embromarme, de acuerdo con el doctor Parent, con una comedia que se había ensayado de antemano. Pero, mirándola atentamente, mi duda desapareció. Estaba temblando, tan penoso resultaba ese paso para ella, y yo estaba convencido de que los sollozos se ahogaban en su garganta.

Yo sabía que estaba en muy buena posición, y así le pregunté:

—Pero ¿es que tu marido no dispone de quinientos francos? ¿Estás segura de que te ha encargado que me los pidas?

Dudó por unos instantes, haciendo un gran esfuerzo para bucear en su memoria, y después contestó:

—Sí…, sí, estoy segura de ello.

—¿Te ha escrito?

Dudó de nuevo, reflexionó y pude darme cuenta de la tortura de su indagación. No lo sabía. Ella sólo sabía que tenía que pedirme quinientos francos para su marido; así que me dijo una mentira y aseveró:

—Sí, me ha escrito.

—¿Cuándo? Ayer tarde no me dijiste nada.

—Recibí la carta esta mañana.

—¿Puedes mostrármela?

—No…, no…, trata también otras cosas reservadas, cosas demasiado personales, y además la quemé.

—¿Así que tu marido tiene deudas?

Vaciló de nuevo y murmuró:

—No lo sé.

Entonces le dije claramente:

—De momento no tengo esos quinientos francos a mi disposición, querida prima.

Profirió un sollozo ahogado y exclamó:

—¡Oh!, búscalos, búscalos para mí…

Estaba muy excitada, y se retorcía las manos mientras me rogaba de aquel modo. Su voz cambió de tono, lloraba y balbuceaba, destrozada y dominada por aquella irresistible orden que había recibido.

—¡Oh!, te lo ruego… Si supieras cuánto estoy sufriendo… Los necesito hoy mismo.

Tuve compasión de ella y le dije:

—Te prometo que los tendrás enseguida.

—¡Oh, gracias, gracias! ¡Qué bueno eres!

Entonces continué:

—¿Te acuerdas de lo que pasó ayer en la reunión que tuvimos en tu casa?

—Sí.

—¿Recuerdas que el doctor Parent te durmió?

—Sí, me acuerdo.

—Muy bien. Pues entonces te mandó que vinieras hoya pedirme quinientos francos, y en estos momentos estás obedeciendo a su sugestión.

Ella reflexionó unos instantes y después replicó:

—Pero es mi marido el que los necesita…

Por espacio de una hora traté de convencerla, pero en balde; en vista de ello, cuando se despidió de mí, me fui a ver al médico. Lo encontré disponiéndose a salir a la calle; me escuchó sonriendo y me preguntó:

—Y ahora, ¿cree usted?

—Sí, no puedo por menos que creer —dije.

—Pues vamos a ver a su prima —decidió.

La encontramos medio dormida en un sillón, abrumada de fatiga. El doctor le tomó el pulso, la miró intensamente por algún tiempo, con una mano alzada ante sus ojos, y ella los fue cerrando poco a poco bajo el irresistible poder de la sugestión magnética, y cuando estuvo dormida le dijo:

—Su marido no necesita quinientos francos para nada. Por lo tanto, olvide que se los ha pedido a su primo, y si él le hablara de ello no comprenderá de qué habla.

Entonces la despertó, y yo, sacando mi cartera, le dije:

—Aquí tienes lo que me pedías esta mañana, querida prima.

La vi tan sorprendida que me resultaba difícil insistir; no obstante, traté de recordarle su visita de la mañana, pero ella lo negó con energía, pensando que yo la embromaba, y estuvo incluso a punto de enfadarse al ver mi insistencia.

Acabo de regresar y no he sido capaz de comer, pues esta experiencia me ha trastornado.

19 de julio

La gente a la que le he contado lo acaecido aquella noche y al día siguiente en el experimento del doctor Parent se ríe de mí. Yo no sé qué pensar. El hombre discreto dice: «Puede ser».

21 de julio

Comí en Bougival y pasé la tarde en el juego de pelota. Decididamente, las cosas dependen del lugar y de lo que las rodea. Sería el colmo de la locura el creer en lo sobrenatural en la Îlle de la Grenouillière, pero ¿y en la cima del Mont Saint-Michel? ¿Y en la India? Estamos tremendamente influidos por todo aquello que tenemos alrededor. La semana que viene pienso regresar a casa.

30 de julio

—Ayer llegué a casa. Por ahora todo va bien.

2 de agosto

Ninguna novedad. El tiempo es espléndido y yo me distraigo contemplando el fluir del Sena.

4 de agosto

Ha habido una pelea entre mis servidores. Dicen que los vasos han aparecido rotos en el aparador. El mayordomo echa la culpa al cocinero, el cual acusa a la costurera, y ésta, a su vez, culpa a los otros dos. ¿Quién es el culpable? El que pueda averiguarlo es un sabio.

6 de agosto

Por esta vez, no estoy loco. He visto… He visto… Ya no puedo dudar… ¡Lo he visto!

Anoche me paseaba por el jardín, entre mis rosales, a eso de las dos de la mañana, a la luz de la luna; paseaba por una senda bordeada de rosas de otoño, ya a punto de marchitarse. Como me hubiera parado a contemplar un rosal Géant de Bataille, que tenía tres preciosos capullos, vi con entera claridad cómo el tallo de una de las rosas se inclinaba, como si una mano invisible lo estuviese doblando, y en seguida vi cómo la flor quedó tronchada, como si la misma mano la hubiera cortado. Después, la flor se enderezó, siguiendo la curva que podría haber descrito una mano que se la hubiera llevado a la boca, y quedó así suspendida en el transparente aire, solitaria e inmóvil, un terrible punto rojo situado a tres metros de mí. En mi desesperación, traté de arrebatarla. No encontré nada, había desaparecido. Entonces me indigné conmigo mismo, pues un hombre razonable no debe tener semejantes alucinaciones.

Pero ¿fue una alucinación? Me volví a mirar el tallo del rosal y lo vi allí, recién tronchado, entre las dos rosas que quedaban en la rama. Regresé a casa sumamente inquieto, pues estoy seguro, tan seguro como de la sucesión del día y de la noche, de que cerca de mí existe un ser que vive de leche y agua, que puede tocar los objetos, que los cambia de lugar; por lo tanto, está dotado de naturaleza humana, aunque no es perceptible para nuestros sentidos, y vive, como yo, bajo mi techo.

7 de agosto

He dormido bien. Bebió el agua de mi garrafa, pero no turbó mi sueño.

Me pregunto si estaré loco. Cuando hace un momento me paseaba tomando el sol por la orilla del río, me asaltaron dudas acerca de mi estado mental; no dudas vagas, como las que he tenido hasta ahora, sino dudas definidas, absolutas. He visto y conocido algunos locos que eran inteligentes y que se mostraban enteramente lúcidos, y aun clarividentes, en las diversas circunstancias de la vida, salvo en un punto. Hablaban con sentido, con clarividencia e incluso con profundidad acerca de varios asuntos y, de pronto, su inteligencia chocaba con los temas de la locura y se rompía en piezas, y se esparcía y diluía en ese terrible mar lleno de oleajes, nieblas y borrascas llamado locura.

Podría pensar que estoy loco, loco de atar, si no estuviera a la vez consciente, si no me diera perfecta cuenta de mi situación, que podría sondear con perfecta lucidez. Quizá sólo soy un hombre con su razón entera, pero influido por alguna alucinación. Alguna perturbación se ha producido en mi cerebro, una de esas perturbaciones que los modernos fisiólogos tratan de establecer y de estudiar; y esa perturbación ha abierto una profunda brecha en mi inteligencia, al influir en la secuencia y enlace lógico de mis ideas. Fenómenos semejantes ocurren en nuestros sueños y nos llevan a un mundo fantasmagórico, sin ninguna sorpresa por nuestra parte, porque nuestro aparato de determinar la verdad y nuestro órgano de registro están dormidos, en tanto que nuestra facultad imaginativa está despierta y activa. ¿Por qué no va a ser posible que se haya paralizado en mí alguna de las imperceptibles notas de mi teclado cerebral?

Algunos hombres pierden la facultad de recordar los nombres propios, los verbos, los números o las fechas como consecuencia de un accidente.

Según paseaba a la orilla del río, iba pensando en todas esas cosas.

El sol brillaba esponjando deliciosamente la tierra, y yo me sentía lleno de amor a la vida, a los gorriones, cuya agilidad siempre deleita los ojos, a las plantas de la ribera y al murmullo de las hojas, que es siempre un placer para mis oídos.

Sin embargo, por momentos se adueñaba de mí un sentimiento de disgusto. Era como si una fuerza desconocida me paralizara o, más bien, me refrenara; como si tratara de impedirme seguir adelante, y quisiera hacerme volver atrás. Sentía ese penoso deseo de volver a casa que nos oprime cuando hemos dejado allí un ser querido enfermo y tenemos el presentimiento de que va peor.

De modo que, a pesar mío, volví a mi casa, casi en la seguridad de que allí me esperaba alguna mala noticia, una carta o un telegrama. Nada encontré, sin embargo, y me sentí más sorprendido y molesto que si hubiese tenido alguna otra fantástica visión.

8 de agosto

Ayer pasé una tarde terrible. Él no ha vuelto a hacerse visible, pero yo noto que está cerca de mí, observándome, mirándome, penetrándome, dominándome, y es mucho más temible cuando se oculta así que cuando manifiesta su presencia constante e invisible por medio de fenómenos sobrenaturales.

Sin embargo, he dormido bien.

9 de agosto

No ha ocurrido nada, pero tengo miedo.

10 de agosto

Nada. ¿Qué ocurrirá mañana?

11 de agosto

Tampoco ha ocurrido nada. No puedo quedarme en casa con este miedo que me atenaza y estos pensamientos dando vueltas en mi cabeza. Tengo que salir a distraerme.

12 de agosto

Son las 10 de la noche. Todo el día he tenido intención de salir de casa, pero no he podido llevarlo a la práctica. Desearía cumplir este sencillo y fácil acto de libertad —salir de casa—, subir a mi coche y ordenar que me llevaran a Rouen, y no he sido capaz de hacerlo. ¿Por qué razón?

13 de agosto

Cuando nos atacan ciertas enfermedades, los resortes de nuestro ser físico parece que se rompen, nuestras energías se destruyen, nuestros músculos se relajan; además, parece que nuestros huesos se vuelvan tan blandos como la carne, y nuestra sangre tan líquida como el agua. Todas estas sensaciones las estoy experimentando en mi ser moral, de un modo extraño y desagradable. No tengo energía, ni coraje, ni soy dueño de mí mismo y ni siquiera tengo poder para poner en movimiento mi propia voluntad; no me ha quedado poder para querer o no querer cualquier cosa que sea; pero alguien tiene esa voluntad por mí, y yo obedezco.

14 de agosto

¡Estoy perdido! Alguien posee mi espíritu y lo domina. Alguien ordena mis actos, mis movimientos, mis pensamientos. He dejado de ser yo mismo, no soy más que un esclavizado y aterrado espectador de todo lo que hago. Deseo salir; no puedo hacerlo. El no desea que salga y yo permanezco en casa, temblando y distraído, en mi sillón, que no soy capaz de abandonar. Deseo tan sólo levantarme para desentumecerme un poco. ¡No puedo hacerlo! Estoy atado a mi sillón y el sillón está adherido de tal forma al pavimento que no hay poder humano que pueda movernos.

Y de repente, he de ir, he de ir al extremo del jardín a coger algunas fresas y comerlas, y allá voy. ¡Cojo las fresas y las como! ¡Oh, Dios mío! ¿Hay un Dios? Si es así, ¡sálvame, líbrame, socórreme! ¡Perdóname! ¡Ten piedad de mí! ¡Oh, qué sufrimiento, qué tortura, qué horror!

15 de agosto

Es algo semejante a cuando mi pobre prima fue dominada e impulsada a venir a pedirme los quinientos francos. Estuvo bajo el poder de una voluntad ajena que había entrado en ella, como si fuera otro espíritu, otro espíritu parásito y dominador…

Pero ¿quién es este ser invisible que me gobierna? ¿Un enviado de una raza sobrenatural?

¡Entonces existen seres invisibles! ¿Cómo no se han manifestado desde el principio del mundo tan claramente, y por qué ahora se me manifiestan a mí? Nunca he leído nada semejante a lo que me está ocurriendo en mi propia casa. ¡Oh, si pudiera tan sólo dejarla! ¡Si pudiera irme lejos, para no volver más! Eso me salvaría, pero no puedo hacerlo.

16 de agosto

Hoy me las arreglé para escaparme por espacio de dos horas, como un preso que, por casualidad, encuentra abierta la puerta de su prisión. De pronto me di cuenta de que estaba libre, que él se hallaba lejos, y así di órdenes de que prepararan los caballos rápidamente y me dirigí a Rouen. ¡Oh, qué delicia!, poder decir a un hombre que te obedece: «¡Vamos a Rouen!».

Hice que se detuviera el coche ante una librería y rogué que me proporcionaran el tratado del doctor Herrmann Herestauss acerca de los desconocidos habitantes del mundo antiguo y moderno.

Cuando de nuevo volví al coche, intenté decir: «¡Llévame a la estación!», pero en vez de eso grité —pues no lo dije, sino que grité—: «¡A casa!», en voz tan alta que la gente que estaba por allí se volvió a mirarme, y me dejé caer en el asiento abrumado por una agonía mortal. Me había encontrado y de nuevo se había apoderado de mí.

17 de agosto

¡Oh, qué noche, qué noche! Y, no obstante, me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Herestauss, doctor en filosofía y teogonía, escribió la historia de las manifestaciones de esos seres invisibles que rondan a los hombres. Describe su origen, su dominio, su poder; pero ninguno de ellos se parece en nada al que me domina a mí. Podría decirse que, desde que empezó a pensar, el hombre ha tenido el presentimiento temeroso de un nuevo ser más fuerte que él, su sucesor en este mundo, y que, notando su presencia y no siendo capaz de percibir la naturaleza de ese ser, ha creado en su terror el mundo de los seres invisibles, de los vagos fantasmas nacidos del terror.

Después de la larga lectura me senté junto a la ventana abierta, para refrescar con el suave aire de la noche mi frente y mis ideas. Todo en torno era calma y placidez. ¡Cómo habría gozado en otros tiempos de una noche así!

No había luna, pero las estrellas iluminaban el firmamento con sus débiles rayos. ¿Quién habitaría esos mundos? ¿Qué formas, qué seres, qué animales hay allá lejos? ¿Qué podrán pensar los seres inteligentes de esos distantes mundos que no pensemos nosotros? ¿Qué pueden hacer que no podamos nosotros? ¿Qué cosas ven que no veamos nosotros?

¿No vendrá alguno, un día u otro, atravesando el espacio, a conquistar nuestra Tierra, del mismo modo que en tiempos antiquísimos los escandinavos cruzaron el mar para dominar regiones más débiles que las suyas?

¡Somos tan débiles, tan indefensos, tan ignorantes, tan pequeños, los que vivimos en esta gota de agua mezclada con fango!

Pensando en estas cosas me quedé dormido por espacio de unos tres cuartos de hora y entonces abrí los ojos, despertando de mi sueño por no sé qué extraña sensación. En un principio no vi a mi alrededor nada de particular, pero después me pareció observar que una página del libro, que había quedado abierto sobre mi mesa, se volvía como por sí sola. Por la ventana abierta no entraba el menor soplo de aire, así que quedé sorprendido, y esperé. Pasados unos cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos cómo una nueva página se alzaba para caer sobre las otras, como si hubiese sido pasada por los dedos de alguien. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío; pero yo tenía el convencimiento de que él estaba allí, sentado en mi sillón, leyendo. Con un salto furioso, con el salto que da una fiera salvaje enfurecida contra su domador, crucé la habitación para abalanzarme contra él, para estrangularlo, para matarlo. Pero antes de que pudiera llegar a donde él se encontraba, la silla se cayó, como si alguien la hubiera apartado; la mesa se movió, la lámpara se apagó y cayó al suelo, y la ventana se cerró de golpe como si por ella hubiese escapado un ladrón cogido in fraganti y hubiera huido amparado en las sombras de la noche, cerrando la ventana tras de sí.

¡Había huido!, ¡había tenido miedo, miedo de mí! Pero mañana, u otro día cualquiera, lo sujetaré con mis puños y lo aplastaré contra el suelo, como los perros a veces muerden y estrangulan a sus dueños.

18 de agosto

Todo el día he estado pensando en lo mismo. Sí, le obedeceré, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, me mostraré humilde, sumiso, cobarde. Él es el más fuerte de los dos; pero llegará un día…

19 de agosto

¡Ya lo sé, ya lo sé todo! Acabo de leer en la Revue du Monde Scientifique lo que sigue: «Nos llegan de Río de Janeiro extrañas noticias. Una epidemia de locura, semejante a una especie contagiosa de esta enfermedad que se extendió por Europa en la Edad Media, está devastando la provincia de San Pablo. Los aterrorizados habitantes abandonan sus casas, diciendo que se ven perseguidos, poseídos, dominados, como un ganado humano, por seres invisibles, aunque tangibles; una especie de vampiros que se alimentan de su vida mientras duermen y beben leche y agua sin tocar los otros alimentos.

»El profesor don Pedro Henríquez, acompañado por varios médicos, ha ido a la provincia de San Pablo para estudiar el origen y las manifestaciones de esta sorprendente enfermedad, y proponer al emperador la adopción de las medidas pertinentes para curar a la población de esta locura y volverla a la razón».

¡Ah! Me viene a la memoria ahora aquel hermoso buque brasileño de tres mástiles que pasó ante mi ventana cuando navegaba por el Sena, el día 8 del pasado mes de mayo. ¡Me pareció tan bonito, tan blanco y brillante! Ese ser iba a bordo, venía de allí, de donde procede su raza. Y me vio, y vio mi casa, que también es blanca, y saltó desde el navío a tierra. ¡Oh, Dios misericordioso!

Ahora lo sé todo, puedo adivinarlo. El reinado del hombre está acabando y ha venido este nuevo ser, ya temido por el hombre primitivo: le perturbaron los exorcismos de los sacerdotes; fue evocado en las negras noches por las hechiceras, aun sin haberlo visto; los transitorios dueños de la tierra lo imaginaron prestándole las formas terroríficas o benignas de gnomos, espíritus, genios, hadas y espíritus familiares. Después de estas groseras concepciones del primitivo temor, la vista más clara del hombre civilizado percibió las cosas más agudamente. Mesmer lo presintió y hará unos diez años los físicos descubrieron la naturaleza de su poder, aun antes de que lo pusiera en ejercicio. Jugaban con esta nueva flecha del Señor, el dominio de una misteriosa voluntad sobre el espíritu humano, que ha venido a ser su esclavo. Lo llaman magnetismo, hipnotismo, sugestión…, ¡yo qué sé! Yo los he visto divirtiéndose con este terrible poder, como chiquillos atolondrados. ¡Pobres de nosotros! ¡Desdichados hombres! Ha venido el que se llama a sí mismo…, me parece notar que está susurrándome su nombre al oído y yo no le presto atención… Sí, está susurrándome su nombre… No lo entiendo. No puedo… Me lo repite, el… Horla… Ya lo oigo…, el Horla…, es el Horla, ha venido…

¡Ah! El buitre ha devorado al pichón; el lobo ha comido al cordero; el león ha devorado al búfalo armado de cuernos; el hombre ha matado al león con flechas, con espadas, con fusiles, pero el Horla hará del hombre lo que el hombre ha hecho del caballo y del buey; su bien, su esclavo y su alimento, por el simple hecho de su voluntad. ¡Pobres de nosotros!

No obstante, el animal a veces se rebela y mata al hombre que lo ha subyugado. También yo lo haría, sería capaz de hacerlo, pero para ello tengo que llegar a conocerlo, palparlo, verlo. Los hombres de ciencia dicen que los animales, al tener los ojos distintos a los nuestros, no ven las cosas como nosotros, los hombres, las vemos. Y mis ojos no pueden percibir a este recién llegado que me sojuzga.

¿Por qué? ¡Oh!, ahora recuerdo las palabras del monje de Saint-Michel: «¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Considere, por ejemplo, el viento: es la fuerza más potente de la naturaleza; abate al hombre, derrumba edificios, desarraiga árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye riscos y estrella grandes navíos contra las rocas. El viento, que mata, que silba, que suspira, que ruge, ¿lo ha visto usted alguna vez, o cree poder verlo? Y sin embargo, no hay duda de que existe».

Y continué pensando: mis ojos son tan débiles, tan imperfectos que ni siquiera pueden distinguir los cuerpos duros, si son transparentes. Si en mi camino me encuentro con un vidrio sin estañar, podría chocar contra él, como el pájaro que ha entrado en una habitación choca contra los vidrios de la ventana. Además, un centenar de cosas engañan al hombre y lo desvían de su camino; ¿cómo sorprenderse pues de que no pueda percibir un cuerpo desconocido, a través del cual puede pasar la luz?

¡Se trata de un nuevo ser! ¿Por qué no? Seguramente está destinado a venir. ¿Por qué habríamos de ser los últimos? Nosotros no podemos percibir más que aquello que ha sido creado antes que nosotros. La razón es que su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más fino y terminado que el nuestro, este cuerpo nuestro tan débil, tan torpemente construido, cargado con órganos que están siempre cansados, siempre funcionando con esfuerzo, como una máquina demasiado complicada; que vive como una planta, como una bestia, nutriéndose con dificultad de aire, vegetales y carne; una máquina animal, expuesta a las enfermedades, a las deformidades, a la decadencia; mal regulada, sencilla y excéntrica, ingeniosamente mal hecha, una pieza tosca y delicada a la vez, un grosero esbozo de un ser que podría llegar a ser inteligente y grande.

¡Somos tan pocos, tan pocos en este mundo, desde la ostra al hombre! ¿Por qué no ha de haber algún otro ser más, una vez que se ha cumplido el período que separa las apariciones sucesivas de las diversas especies?

¿Por qué no ha de haber también otros árboles con flores inmensas y espléndidas, perfumando otras regiones? ¿Por qué no ha de haber otros elementos además del aire, el fuego, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro los elementos que nutren a los seres! ¡Qué miseria! ¿Por qué no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil? ¡Qué pobre es todo, qué basto y desgraciado, producido con mal arte, construido con sorpresa, terminado zafiamente! ¡Hay que ver la gracia del elefante y del hipopótamo, y la elegancia del camello!

Pero, se me objetará, ¿y la mariposa? ¿No es una flor volando? Yo sueño con una mariposa tan grande como un centenar de mundos, con alas de una forma, color, belleza y gracia de movimientos que no puedo expresar. La veo, volando entre las estrellas, refrescándolas y perfumándolas con la luz y el armonioso viento de su aliento, y los habitantes de allá arriba la ven pasar en un éxtasis de delicia.

Pero ¿qué es lo que me pasa? Es él, el Horla, quien me cerca siempre y me sugiere todos estos locos pensamientos. Está dentro de mí, convirtiéndose en mi propio espíritu. ¡Acabaré por matarlo!

29 de agosto

Lo mataré. ¡Ya lo he visto! Ayer tarde me senté a mi mesa de trabajo y me dispuse a escribir. Sabía que vendría a rondarme, que se pondría tan cerca de mí que quizá podría llegar a tocarlo, a cogerlo. Y entonces, entonces yo tendría la fuerza de la desesperación, y con mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes, podría estrangularlo, aplastarlo, morderlo, despedazarlo. Y lo buscaba a mi alrededor, con todos mis sentidos sobreexcitados.

Había encendido las ocho bujías de mi candelabro, como si así pudiera descubrirlo mejor.

Mi cama, mi antigua cama de nogal, estaba situada frente a mí; a mi derecha quedaba la chimenea, y a la izquierda, la puerta de la habitación, cuidadosamente cerrada, después de haberla dejado abierta por espacio de algún tiempo, con el propósito de atraerlo. Detrás de mí había un armario de luna, ante el cual me visto diariamente y en el que me echo una ojeada cada vez que paso por delante.

Yo trataba de escribir con el propósito de engañarle, pues sin duda él también me observaba a mí. Y de pronto tuve la certeza de que estaba inclinado sobre mi hombro, casi tocando mi oreja, leyendo lo que escribía.

Me levanté, extendí las manos y me volví con tal rapidez que estuve a punto de caerme. ¿Y qué es lo que vi? Había en la habitación una luz tan clara como la del mediodía; pero no me vi reflejado en el espejo. Allí estaba, claro, profundo, lleno de luz y vacío; mi figura no aparecía reflejada en él y, no obstante, yo estaba ante él. Veía el hermoso y claro cristal de arriba abajo, sin dar crédito a mis ojos, y no me atrevía a acercarme a él, no me atrevía a hacer ningún movimiento, sintiendo que él estaba allí —él, cuyo invisible cuerpo había absorbido mi reflejo en el espejo— y que podía escapar.

¡Qué miedo tenía! De repente, empecé a verme borroso en la profundidad del espejo, como entre niebla, una niebla como una cortina de agua, y esa agua se me aparecía cada vez más clara. Parecía como el final de un eclipse. Aquello que se interponía entre el espejo y yo no parecía tener un contorno definido, sino una especie de transparencia mate, que gradualmente iba haciéndose más clara. Al fin, pude verme en el armario de luna completamente, como me veo a diario.

¡Al fin lo había visto! Y ese horror permaneció en mí y aun ahora me hace estremecer.

30 de agosto

¿Qué podría hacer para matarlo, sin que él lo notara? ¿Mediante el veneno? Pero podría verme mezclarlo con el agua… Además, ¿pueden nuestros venenos hacer efecto en su cuerpo impalpable? No…, seguramente no. ¿Qué hacer, entonces?

31 de agosto

He hecho venir de Rouen a mi cerrajero y le he encargado cerraduras de hierro para mi habitación, como las que tienen los hoteles de París en el piso bajo por temor a los ladrones. Y también va a hacerme una puerta de hierro. Me he vuelto cobarde, pero nada me importa.

10 de septiembre

Rouen, Hotel Continental. Ya está hecho; pero ¿ha muerto de verdad?

Ayer tarde, habiendo quedado ya colocadas las cerraduras y la puerta de hierro, dejé las puertas abiertas hasta cerca de medianoche, a pesar de que hacía mucho frío.

De pronto, noté que estaba cerca y una loca alegría tomó posesión de mi ser. Me levanté sin hacer ruido y paseé de arriba abajo por la habitación, para que no cayera en sospechas; me quité las botas y me puse las zapatillas, y entonces cerré la puerta con sus candados, a doble vuelta, y me guardé la llave en el bolsillo.

Al punto noté que él estaba moviéndose con inquietud a mi alrededor; que estaba con miedo, y que me ordenaba que lo dejara salir. Estuve a punto de complacerlo; sin embargo, no lo hice, sino que apoyando mi espalda contra la puerta la entreabrí lo justo para permitirme salir. Como soy muy alto, mi cabeza tocaba el marco de la puerta en su parte superior, por lo que estaba seguro de que él no había podido escapar. Y allí lo dejé encerrado, completamente solo. ¡Qué dicha! Bajé las escaleras a toda prisa y en la sala, que está justo bajo mi habitación, cogí dos lámparas y derramé el aceite en la alfombra, en los muebles, por todas partes, prendí fuego y escapé, después de haber cerrado la puerta.

Me oculté en un extremo del jardín, en un bosquecillo de laureles. ¡Qué largo se me hacía el tiempo! Todo a mi alrededor estaba oscuro, silencioso, inmóvil; ni una ráfaga de viento, ni una estrella; sólo pesadas masas de nubes que no podía ver, pero que gravitaban sobre mi espíritu pesadamente.

Miraba hacia mi casa y aguardaba. ¡Cuánto tardaba! Ya empezaba a pensar que el fuego no había prendido o que él lo había extinguido cuando, a través de una de las ventanas del piso bajo, se abrió paso la violencia de las llamas y una larga lengua de fuego subió por los blancos muros y envolvió la casa hasta el tejado. El resplandor de las llamas iluminaba los árboles, las ramas y las hojas, que parecían invadidos por el temor. Los pájaros despertaron, un perro empezó a aullar, y a mí me parecía como si despertara el día. Casi inmediatamente otras dos ventanas cayeron hechas pedazos y pude ver cómo el piso bajo de mi casa no era más que una inmensa hoguera. Entonces se oyó en la noche un grito, un horrible grito, estremecedor, angustiado, un grito de mujer, y las dos ventanas de la buhardilla se abrieron. ¡Me había olvidado de los criados! Vi sus rostros, que reflejaban el terror, y sus brazos moviéndose frenéticamente.

Sobrecogido de horror, corrí al pueblo gritando: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!». Encontré a algunos hombres que ya iban en dirección a la casa y me volví con ellos.

Cuando llegamos, la casa no era más que una horrible e inmensa pira funeraria, una monstruosa pira que iluminaba toda la comarca, una pira donde los hombres se estaban quemando vivos y donde él ardía también. El, él, mi prisionero, el ser nuevo, el nuevo amo, el Horla.

En aquel momento el tejado cayó entre los muros y un volcán de llamas subió hasta el cielo. A través de todas las ventanas, abiertas al incendio, vi las llamas ondeando y pensé que allí estaba él, en aquel horno, muerto.

¿Muerto? Quizás. ¿Ese cuerpo, que era transparente, no sería acaso indestructible a aquellos medios que pueden destruir los nuestros?

¿Y si no estaba muerto? Quizás el tiempo es el único que tiene poder sobre esa criatura invisible y terrible. ¿Por qué ese cuerpo transparente e irreconocible, si también él ha de temer males, enfermedades y una destrucción prematura?

¡Destrucción prematura! ¡De ahí nace todo el terror humano! Después del hombre, cuya vida puede disiparse cualquier día, en cualquier momento, por un accidente cualquiera, después de él, el Horla, aquel que sólo puede morir en el día, hora y minuto que le están destinados.

No, con toda seguridad él no ha muerto. Así pues…, soy yo quien debe morir…

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