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Mostrando entradas de septiembre, 2026

El elefante, de Raymond Carver

  Sabía que era un error dejarle aquel dinero a mi hermano. ¿Qué necesidad tenía yo de más deudo­res…? Pero me llamó y me dijo que no podía pagar el plazo de la casa. ¿Qué otra opción me quedaba? No había estado nunca en su casa (vivía en California, a mil quinientos kilómetros de distancia); ni siquiera la había visto , pero no quería que la per­diera. Lloraba en el teléfono, y decía que iba a perder lo que había conseguido en toda una vida de trabajo. Dijo que me devolvería el dinero. En febrero, dijo. Incluso antes. En marzo, a más tardar. Dijo que es­taban a punto de devolverle cierta suma que Hacienda le había cobrado de más. Además —dijo—, había hecho una pequeña inversión que daría sus frutos en febrero. Se mostró reservado al respecto, y no quise presionarlo para que fuera más explícito. —Confía en mí —dijo—. No te fallaré. Se había quedado sin trabajo en julio del año anterior, cuando la empresa donde trabajaba —una fábrica de aislamientos de fibra de vidrio— decidió despe...

Un millar de muertes, de Jack London

  Había permanecido en el agua por espacio de una hora, y el frío, el agotamiento y un terrible calambre que me atenazaba la pantorrilla derecha me hacían pensar que había llegado mi hora. Bregando infructuosamente contra el fuerte reflujo había visto desfilar ante mí el enloquecedor desfile de las luces de la costa. Al cabo, desistí de luchar contra la corriente, y orienté mis tristes pensamientos a la rememoración de mi desperdiciada vida, ahora próxima a su fin. Mi suerte había sido el descender de una buena estirpe inglesa, si bien la cuenta bancaria de mis progenitores superaba con creces a sus conocimientos sobre la naturaleza de los niños y la educación que éstos debían recibir. Pese a que era rico desde la cuna, la cálida atmósfera del hogar me era desconocida. Mi padre, hombre muy erudito y célebre anticuario, no prestaba atención alguna a su familia, hallándose constantemente perdido en las abstracciones de su estudio; mientras que mi madre, más célebre por su hermoso ext...

El Horla, de Guy de Maupassant

  8 de mayo .  Hoy ha hecho un día maravilloso. He pasado toda la mañana tumbado en el césped que hay delante de mi casa, a la sombra de un gran plátano. Me gusta esta parte del país, y me gusta vivir aquí porque me siento ligado por ancestrales asociaciones, por esas profundas y sutiles raíces que unen al hombre con la tierra que vio nacer y morir a sus antepasados, al tiempo que con las ideas y costumbres del lugar, la gastronomía, las expresiones locales, el peculiar acento de los campesinos, el olor del suelo, de los pueblos y de la propia atmósfera. Adoro la casa en la que he crecido. Desde las ventanas se ve el Sena, que fluye paralelo a mi jardín, al otro lado de la carretera, casi a través de mis tierras. El ancho Sena, que va de Rouen al Havre, surcado de múltiples embarcaciones que lo recorren en ambas direcciones. A lo lejos, hacia la izquierda, está la gran ciudad de Rouen, con sus tejados azules bajo las innumerables y puntiagudas torres góticas, esbeltas unas, ma...