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La ruta

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Cuántas historias no se viven en las centrales de camiones. En los trayectos. En las calles, mientras esperamos el autobús. Porque todos hemos viajado en autobús alguna vez. Todos. Incluso Borges, incluso el millonetas de Slim. Yo, particularmente, los he usado mucho. Demasiado. Pero cada persona tiene su propia historia que contar, de acuerdo a su visión, de acuerdo a la ventanilla que le tocó mirar mientras viajaba. El solo destino; es decir, la ciudad a donde uno se dirige, daría la tela suficiente para cortar varios ensayos, pero es necesario volver unos días atrás, cuando nos cruzó por la mente que queríamos o necesitábamos tomar esa ruta. Siempre que me encuentro en las terminales, me gusta ver el rostro de las personas, y trato de adivinar la razón por la que los tiene ahí. La mayoría de las veces veo caras sin expresión, rostros sombríos, quizá con el deseo guardado de no encontrarse en aquel sitio. Ahí no hay ricos ni pobres; bueno, sí los hay, pero a todos nos viene valiendo ...

Lo simbólico

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Estrechamos vínculos. Nos diluimos en las cosas. Queremos trascender nuestra esencia a través de lo real. Y para lograrlo, nos servimos de los símbolos: cuando queremos expresarle a alguien que estará aquí por el resto de la existencia, se lo decimos con un obsequio: un anillo de compromiso, una pulsera, un tatuaje. Y ese símbolo adquiere un valor casi sagrado para nosotros. Proyectamos en él un resumen de nuestra vida a su lado: Es, digámoslo en términos cosmológicos, la singularidad desnuda de una historia compartida. Los símbolos son una fuente importante de recuerdos. Con ellos tratamos de materializar lo que no se ve, lo que no se toca, pero que representa algo concreto. ¿Pero qué tan importantes pueden llegar a convertirse? ¿Habrá en este planeta una persona que no sienta apego por algo material, que le fue dado por alguien? ¿Se puede vivir dejando de lado todo lo que algún día ocupó un espacio en nuestros sitios? ¿Y cómo saber si no se ha cruzado la línea entre la nostalgia y la...

Un don

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Te encuentras confundido, mareado (más bien crudo), un domingo por la mañana, y tomas, como puedes, el control de la televisión. No hallas qué ver. No hay nada. Le estás cambie y cambie; cuando de pronto, irrumpe en la pantalla, un canal de música acá, loco, muy culto, de esos donde presentan a grandes intérpretes de la onda grupera, con escenas de telenovela, donde un gordito simpático de cabello largo saca a relucir un talento actoral insospechado, haciendo el papel de galán que sale en busca de su amada, una güerita despampanante, de las que bailan afuera de los oxxos. Todo esto sucede normalmente los domingos, cuando buscas algo qué ver en la televisión abierta porque no tienes cable. Sí, es una verdadera desgracia. Descubres lo que ya se sabe: que la música se ha banalizado terriblemente. Adentrándome en el mundillo de la composición, encuentro que existen dos clases de compositores: aquellos a los que les pagan por hacer una chamba musical; y los otros, los comprometidos con el a...

Lo que más importa en la vida

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Los seres humanos estamos cuestionándonos todo el tiempo. Llegamos a formularnos preguntas complejas, profundas o estúpidas, que suelen robarnos minutos preciosos que corren, se van y nunca volverán, hasta que encontramos una respuesta convincente, o de plano, nos quedamos todavía más confundidos de lo que estábamos. La vida está hecha de instantes, de experiencias, de recuerdos. Unos, los sucesos menos gratos, quisiéramos liquidarlos como cucarachas debajo de nuestros pieses , hacer como que nunca ocurrieron. Pero otros, los más afortunados, queremos hasta volver a repetirlos, de lo sublime que llegaron a ser para nosotros. ¿Pero cuáles son las cosas de la vida que realmente importan? ¿El dinero, la salud, la tecnología, los paseos, el conocimiento? Si la maestra del colegio nos encargara una tarea, hacer una pequeña lista con los acontecimientos que creemos son los más trascendentes en la vida, ¿cuáles serían? He aquí una rápida enumeración general de lo que yo considero importante, ...

Avalancha del crimen

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Supongo que todo comenzó así: Desde el comienzo de los tiempos hubo maldad. Desde la más primitiva, cuando un molusco le robaba el bocado a otro, hasta la más vil, cuando un hombre cruel con una quijada de burro asesinaba a su propio hermano. Así comenzó la avalancha del crimen, esa maldita violencia que ya nadie podrá detener. Sin un plan determinado, sin un guión, el crimen comenzó a fraguar una carrera muy redituable a la que todos, en distintas épocas de la historia, hemos ayudado a cristalizar. La maldad no existe, es cierto. Es un concepto propio del Hombre. Sin embargo, es real. Se expande como el universo. Engaña a los débiles, que quieren pasar por valientes, y a los cobardes: a ellos, los seduce con la idea de poder. Por eso no es raro ver a jóvenes involucrados en el crimen organizado, chiquillos sin idea de lo que están haciendo, sólo dejándose llevar por un instinto primitivo, el de querer sentirse con más poder, ser alguien en el ámbito donde se desenvuelven. ¿Y qué es el...

La Gran Paloma

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Nos gustaba tronar palomas en el barrio. Comprábamos de las grandes, de las de a veinte pesos, esas de papel y pólvora, triangulares, con la mecha (las tripas) saliéndosele de las entrañas. Las encendíamos y las poníamos debajo de un bote de tornachiles: Después de unos segundos de angustiante espera, tronaba pero bien hermoso. La explosión era terrible. Si alguno de nosotros se nos ocurría ir a asomarnos para ver por qué no había tronado (porque a veces sucedía que la mecha no agarraba) podía ser fatal. De hecho conocíamos la leyenda de aquel niño que había perdido su mano por el estallido de un cohete; por eso les teníamos respeto. Y esto viene precisamente al caso porque he tratado de imaginar qué tan terribles o violentas pueden ser las explosiones de mayor magnitud, como las supernovas, si las palomitas que tronábamos en la calle eran, ya de por sí, muy estruendosas. En esta difícil y compleja realidad, existen distintas clases de explosiones: Desde las más ligeras como las ceboll...

Inmortales

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No todo el mundo quiere presenciar el final de los tiempos. No todos quieren pasar la frontera de los cien años, hacerse rucos. Aunque hay algunos locos que sí. Pero para lograrlo, tendrán que apañar primero algunas maravillas tecnológicas dignas de ciencia ficción. Pero no cuentan con que, matemáticamente, es imposible vivir para siempre. De una u otra forma tenemos que morir. Sólo algunas cosas han permanecido desde que todo esto comenzó: algunos elementos químicos, la radiación de fondo, las leyes de la física. Pero todo lo demás, tarde o temprano cuelga los tenis. Chupa faros. Baila las calmadas. Ni siquiera la Tierra, nuestra madre, tendrá un final feliz. En algún punto colapsará. El propio Sol, cuando gaste su combustible, nos llevará a todos entre sus rayos y centellas. Entonces, ¿cómo suponer que la vida de un ser humano, no digamos ya la del Hombre, más bien la vida, a secas, puede durar para toda la eternidad? He escuchado en un documental de Discovery que en un futuro no muy...