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Ser humano

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Uno se va haciendo más humano conforme pasan los años. O eso es lo que le ocurre a algunas personas. O más bien, eso me está sucediendo a mí, para no ser tan pretencioso. Pero decir humano es entrar a los terrenos escabrosos de la filosofía, pues toda definición implica limitar; es como fotografiar únicamente el rostro de algo o alguien, hacer a un lado a los demás (¿se quita, por favor?) para que no salgan en la instantánea: Y un ser humano, a como yo lo he llegado a entender, es un ser que nace sin saber nada, y, con el despiadado transcurrir del tiempo, va tomando lo que la vida le va poniendo en su camino. Eso es un ser humano para mí. Nada complicado. Los animales, las plantas, en cambio, se las arreglan muchas veces solos, sin tener que pedir a nadie nada, pues lo traen en los genes: con un solo empujoncito y listo, el ADN hace su chamba. Sin embargo los humanos no, tienen que aprender, son un cúmulo de experiencias, de traumas, de energía contenida: la vida es una pared en blanc...

Resplandor eterno

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Pareciera que los libros viajan, que vuelan y se mecen con el viento. Es como si de pronto les salieran patas y emprendieran una travesía desde el lugar en donde estaban hasta nuestras manos. ¡Qué odisea fascinante tienen que vivir los libros para hallarnos! ¿Nosotros los buscamos o ellos nos eligen para que los leamos? Es un misterio que no pretendo resolver. Lo que sí puedo hacer es hablar de mi experiencia con los libros, esos objetos sin vida que me han dado tanto. Porque la lectura siempre me ha resultado fascinante. Es un viaje personal, sin salir de casa, un sumergirse a universos paralelos que construimos en cada sentada. No importa en qué lugar nos encontremos: en la comodidad de la sala, en la cama o en la taza del baño mientras liberamos todo aquello que nos sobra, siempre nos escapamos de la realidad para habitar otro escenario, otros mundos. Mi primer encuentro con un libro fue a los 14 años, si mal no recuerdo. Fue un libro de cuentos de Jorge Ibargüengoitia, “La ley de H...

Historia que comenzó con el final

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Hay personas que uno debe conocer, porque así lo quiere el destino. El cementerio Colón, de Cuba, a la luz cristalina de esa mañana, parecía una ciudad desierta, celestial, habitada sólo por seres invisibles que salen por las noches. Había llegado ahí por mandato de un amigo (visita aquel sitio en mi nombre, por favor), y así lo hice, a los pocos días de haber llegado a la Habana. Era 7 de agosto de 2007 y ahí estaba, delante de mí, y todavía no me daba cuenta. No significaba mucho, realmente. Era sólo una tumba de alguien desconocido para mí y nada más. Sencilla. Pobre. Un tanto olvidada. Tardé en encontrarla. Y es que no era deslumbrante, no tenía un gran mausoleo, no estaba ni siquiera su nombre con letras de oro. Aunque debiera: Era el sepulcro de Noel Nicola, el trovador sin suerte . Yo no lo sabía en aquel entonces, pero Noel tenía una gran historia, que, en mi caso, comenzó desde el final porque cuando lo conocí , él ya no estaba con nosotros. Es sabido de todos que Nicola fue, ...

Caminos que se tuercen

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Es así de sencillo: O crees en el destino (todo está endiabladamente premeditado), o en la casualidad (cada suceso es consecuencia de otro previo que lo desencadenó), pero no en ambos al mismo tiempo. Es una mafia: Decides con cuál te enrolas, porque a partir de ahí, se abrirá un sendero que deberás seguir a pie. Es complicado, lo sé, porque los dos nos ofrecen estilos de vida muy distintos: Uno nos permite vivir un poco más relajados, en una, digamos, espera pacífica y resignada. El otro implica un esfuerzo todavía mayor, en donde el espíritu no siempre sale muy bien librado, cuando uno intenta hacerse paso por sí mismo. Me explicaré: Imaginemos una escena un poco loca como esta: Uno se encuentra parado sobre la carretera, en medio de la nada. Parece ser una tarde tranquila. De pronto, un coche sale de entre una oscura cortina de polvo y se dirige hacia nosotros, a ciento ochenta por hora. El sentido común nos indica que debemos hacernos a un lado para no salir lastimados. El problema...

La ruta

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Cuántas historias no se viven en las centrales de camiones. En los trayectos. En las calles, mientras esperamos el autobús. Porque todos hemos viajado en autobús alguna vez. Todos. Incluso Borges, incluso el millonetas de Slim. Yo, particularmente, los he usado mucho. Demasiado. Pero cada persona tiene su propia historia que contar, de acuerdo a su visión, de acuerdo a la ventanilla que le tocó mirar mientras viajaba. El solo destino; es decir, la ciudad a donde uno se dirige, daría la tela suficiente para cortar varios ensayos, pero es necesario volver unos días atrás, cuando nos cruzó por la mente que queríamos o necesitábamos tomar esa ruta. Siempre que me encuentro en las terminales, me gusta ver el rostro de las personas, y trato de adivinar la razón por la que los tiene ahí. La mayoría de las veces veo caras sin expresión, rostros sombríos, quizá con el deseo guardado de no encontrarse en aquel sitio. Ahí no hay ricos ni pobres; bueno, sí los hay, pero a todos nos viene valiendo ...

Lo simbólico

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Estrechamos vínculos. Nos diluimos en las cosas. Queremos trascender nuestra esencia a través de lo real. Y para lograrlo, nos servimos de los símbolos: cuando queremos expresarle a alguien que estará aquí por el resto de la existencia, se lo decimos con un obsequio: un anillo de compromiso, una pulsera, un tatuaje. Y ese símbolo adquiere un valor casi sagrado para nosotros. Proyectamos en él un resumen de nuestra vida a su lado: Es, digámoslo en términos cosmológicos, la singularidad desnuda de una historia compartida. Los símbolos son una fuente importante de recuerdos. Con ellos tratamos de materializar lo que no se ve, lo que no se toca, pero que representa algo concreto. ¿Pero qué tan importantes pueden llegar a convertirse? ¿Habrá en este planeta una persona que no sienta apego por algo material, que le fue dado por alguien? ¿Se puede vivir dejando de lado todo lo que algún día ocupó un espacio en nuestros sitios? ¿Y cómo saber si no se ha cruzado la línea entre la nostalgia y la...

Un don

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Te encuentras confundido, mareado (más bien crudo), un domingo por la mañana, y tomas, como puedes, el control de la televisión. No hallas qué ver. No hay nada. Le estás cambie y cambie; cuando de pronto, irrumpe en la pantalla, un canal de música acá, loco, muy culto, de esos donde presentan a grandes intérpretes de la onda grupera, con escenas de telenovela, donde un gordito simpático de cabello largo saca a relucir un talento actoral insospechado, haciendo el papel de galán que sale en busca de su amada, una güerita despampanante, de las que bailan afuera de los oxxos. Todo esto sucede normalmente los domingos, cuando buscas algo qué ver en la televisión abierta porque no tienes cable. Sí, es una verdadera desgracia. Descubres lo que ya se sabe: que la música se ha banalizado terriblemente. Adentrándome en el mundillo de la composición, encuentro que existen dos clases de compositores: aquellos a los que les pagan por hacer una chamba musical; y los otros, los comprometidos con el a...