lunes, 3 de mayo de 2010

La otra realidad


Hay sueños encantadores.

La vida va tomando sus propios cauces, aunque no sean naturales. Su materia prima es la realidad. Todo cuanto sucede es motivado, la mayoría de las veces, por causas incontrolables, ajenas a nosotros: la vida se abre paso por sí sola.

Los sueños, sin embargo, tienen también una cierta dosis de realidad. Nos afectan. Nos conmueven. Nos provocan. Es cierto, no existen, nunca sucedieron, todo se desarrolla en la mente, pero cuán reales pueden llegar a convertirse si estos llevan una fuerte carga de emociones: A veces dejan más enseñanzas los sueños que la propia experiencia. ¿Pero se vale creérsela? ¿Es legítimo sentirlos, vivirlos, aunque no hayan sido más que reflejo de nuestras inquietudes? ¿Tenemos derecho a tomarlos en cuenta? ¡Sí! ¿Por qué no?

Un sueño puede alimentar el espíritu. Una noche bien soñada puede reconfortarnos durante varios días. En los sueños a veces proyectamos nuestras fantasías. Todo aquello que no hemos llevado a cabo, pero que deseamos, podemos realizarlo ahí, en la otra realidad. No siempre podemos controlar lo que soñamos, pero esos deseos reprimidos surgen cuando menos lo imaginamos. El inconciente nunca olvida. Es como la mafia.

Hay sueños que me han devuelto la sonrisa perdida. Se instala en mi alma un sentimiento reparador, profundo. Pero basta de teoría y pongamos un ejemplo.

Hace unos días me soñé en medio de un paisaje fantástico: era un valle arbolado, con hojas secas en el camino, una vieja casa a un costado y una chica en un columpio. Era una escena inquietante, sensual, perturbadora. Esa chica era desconocida para mí, al principio. Y era hermosa. Cuando me acerqué resultó ser una cantautora española a la que yo admiro. Llevaba su guitarra. Componía una canción. Cuando me vio me invitó a acercarme. Fue muy cálida su atención. Conversamos, compartimos experiencias, cantamos. Después de unas “horas” nos despedimos con un fuerte abrazo y yo regresé a casa, a México, porque todo ocurrió en España, al menos eso creí. Sin terminar el sueño, pasó un día, y para mi sorpresa, la cantautora me habló por teléfono para saludarme y decirme que había pasado un gran momento conmigo. Y ahí terminó mi sueño. Obviamente desperté emocionado. Ella me obsequió su tiempo de una manera desinteresada, pasó un momento agradable conmigo y yo lo disfruté. Pero sólo fue un sueño, un rico sueño. A esto es a lo que me refería.

Nada sustituirá lo real maravilloso: ver la sonrisa de un niño en la calle, escuchar el canto de las golondrinas por la madrugada, contemplar un atardecer en otoño, dar el beso de buenas noches a nuestros hijos antes de ir a acostarse, ver a tu madre tejiendo en su mecedora. Pero para ser felices (la felicidad es una decisión, es una actitud, son instantes, todo lo anterior revuelto) hay que agarrarse de todo lo que nos ayude a sentirlo. Incluso de los sueños, aunque éstos nunca hayan ocurrido.

Porque en realidad sí ocurren: nos han atravesado, como una brisa que se puede sentir pero no tocar.

3 comentarios:

Tiza dijo...

tendras que venir a España!...Un placer aparcere por tus sueños!

Salvador Sáenz dijo...

Gracias, Tiza, al responderme, en cierta forma, has hecho realidad mi sueño... Que Dios te bendiga!

Crisstina Carrillo dijo...

"Se instala en mi alma un sentimiento reparador, profundo"...esos son los sueños que quiero tener...algo que me repare la realidad...

abrazo
criss