domingo 20 de noviembre de 2011

Resplandor eterno


Pareciera que los libros viajan, que vuelan y se mecen con el viento. Es como si de pronto les salieran patas y emprendieran una travesía desde el lugar en donde estaban hasta nuestras manos. ¡Qué odisea fascinante tienen que vivir los libros para hallarnos! ¿Nosotros los buscamos o ellos nos eligen para que los leamos? Es un misterio que no pretendo resolver.

Lo que sí puedo hacer es hablar de mi experiencia con los libros, esos objetos sin vida que me han dado tanto. Porque la lectura siempre me ha resultado fascinante. Es un viaje personal, sin salir de casa, un sumergirse a universos paralelos que construimos en cada sentada. No importa en qué lugar nos encontremos: en la comodidad de la sala, en la cama o en la taza del baño mientras liberamos todo aquello que nos sobra, siempre nos escapamos de la realidad para habitar otro escenario, otros mundos.

Mi primer encuentro con un libro fue a los 14 años, si mal no recuerdo. Fue un libro de cuentos de Jorge Ibargüengoitia, “La ley de Herodes”. Me encantó. Se me hizo tan sencillo de leer y muy divertido. Me enganchó. Me sedujo. De ahí en adelante quise más. Le dije a la lectura “no pares, sigue”. Entonces me topé también con “Los viernes de Lautaro”, de Jesús Gardea. Luego vino Stephen King con su conocida fórmula de terror, “La expedición”, y la búsqueda siguió su propio rumbo. Son títulos que por cierto aún conservo.

Hace unos días hice un inventario de mi biblioteca personal. Fue una actividad que a ojos de una persona práctica, agitada por el torrente cotidiano de las prisas, pudiera parecer tonta. Pero para mí fue un verdadero placer. Porque leer es un placer. Hay quien se rehúsa a creer esto tan cierto. Leer es muy rico, espiritual y corporalmente hablando; te relaja, te serena, tu cerebro libera endorfina, casi como cuando se tiene una eyaculación pero sin mancharte ninguna parte de tu piel. De este recuento de libros me salieron algunos datos interesantes, como el hecho de que técnicamente fueron ciertas mis preferencias, es decir, los números no mintieron cuando he afirmado que mis autores favoritos son Julio Cortázar, Jorge Ibargüengoitia, Enrique Serna, Mario Vargas Llosa, pues fueron los escritores más numerosos en mi librero.

Lamentablemente, mi mente alzheimeriana ya se encargó de borrar los detalles de la trama de cada libro que he leído, pero el recuerdo y la grata sensación que me dejaron al terminar su lectura es imborrable, aunque trate de remojar sus huellas con Ariel quitagrasa. Ahí están, palpables, me vuelven a arrancar una sonrisa cuando miro esos libros, es increíble.

Para un lector voraz como yo, que raya en el fetichismo, es un gustazo entrar en una librería: uno parece niño en una tienda de juguetes: cuando entras no hayas para dónde correr, se te sale la lagrimita. Es todavía más intenso el placer de visitar las librerías de viejo o de libros usados porque a veces te encuentras con verdaderas joyas. No entiendes la inconsciencia de la gente al ir a vender grandes obras, no saben el verdadero valor que adquieren ciertos ejemplares que por cosas del destino van a caer en esos recintos polvosos. Una de esas joyas literarias que he pepenado es la gran novela de Julio Cortázar, “Rayuela”, en una edición novel de Editorial Sudamericana. La tengo como mi biblia particular. Hasta forradita y toda la onda. Pero hay ocasiones en que el libro en sí, como objeto, me resulta muy atractivo. A veces con sólo ver un libro guapo, bonito, soy seducido y no hay de otra más que llevármelo a casa, no sabiendo si quiera quién diablos es el autor ni de qué trata su historia. Lo que sí es cierto es que cuando visitas una librería de viejo es un asunto muy íntimo, muy solitario. No vas precisamente a conocer chicas hermosas, porque nunca las habrá. Simplemente vas a echarte un taco de ojo literario y nada más; no vas a toparte con buenas nalgas, eso es definitivo.

He recorrido librerías de viejo (pocas en realidad) de Torreón, Saltillo, Monterrey, Guadalajara, Toluca, Cali y La Habana y en todas ellas me he dejado llevar por sus estantes pobres, maltrechos, sucios, llenos de polvo, en donde sería casi suicida soplar como el lobo feroz porque te verías envuelto de pronto en una tormenta de arena que te asfixiaría.

Leer es útil. Nunca será pérdida de tiempo, como pretenden hacernos creer los pragmáticos. Me atrevería a decir que hasta nos hace mejores personas. Un poco, al menos. Porque despierta nuestros espíritus, los hace un poco más libres. Porque leer abre un baúl en nuestros corazones. Hace que brille nuestra alma. Y ya nunca para de deslumbrarnos. Si hay una forma utópica de detener la violencia que nos está oxidando, que nos está hundiendo, es quizá, poner a leer a los niños, a los adolescentes. Y darles un poco de amor. El futuro a mediano plazo no me dejará mentir.

Si no, al menos el resplandor que deje en sus espíritus hará que la soledad sea menos oscura.

viernes 7 de octubre de 2011

Historia que comenzó con el final


Hay personas que uno debe conocer, porque así lo quiere el destino.

El cementerio Colón, de Cuba, a la luz cristalina de esa mañana, parecía una ciudad desierta, celestial, habitada sólo por seres invisibles que salen por las noches. Había llegado ahí por mandato de un amigo (visita aquel sitio en mi nombre, por favor), y así lo hice, a los pocos días de haber llegado a la Habana. Era 7 de agosto de 2007 y ahí estaba, delante de mí, y todavía no me daba cuenta. No significaba mucho, realmente. Era sólo una tumba de alguien desconocido para mí y nada más. Sencilla. Pobre. Un tanto olvidada. Tardé en encontrarla. Y es que no era deslumbrante, no tenía un gran mausoleo, no estaba ni siquiera su nombre con letras de oro. Aunque debiera: Era el sepulcro de Noel Nicola, el trovador sin suerte. Yo no lo sabía en aquel entonces, pero Noel tenía una gran historia, que, en mi caso, comenzó desde el final porque cuando lo conocí, él ya no estaba con nosotros.

Es sabido de todos que Nicola fue, al lado de Silvio y de Pablo, el fundador del núcleo inicial de aquel fenómeno cultural que hoy conocemos como movimiento de la Nueva Trova, ya legendaria en nuestros días. Quién no ha escuchado esa desgarradora canción emblemática suya “Es más, te perdono”, que es probablemente el tema más interpretado de los tres cantautores mencionados. Fue un autor prolífico: más de 500 canciones en su haber. Sus melodías son complejas; sus letras, poéticamente bien logradas; pero por complejas me refiero no a un intrincado laberinto sin salida, sino a la extraordinaria capacidad de creación, a la fina y sistemática elaboración de cada una de ellas, en donde no hay lugar para el azar, pero que pasadas por su pluma nos resultan muy naturales al oído, sutilmente encantadoras y fácilmente grabadas en la memoria de la gente, que las tararea cuando un buen recuerdo cruza por su pensamiento. Y es que Noel parecía tener en sus manos el secreto mismo de una región mística. Lograba trasladar con su guitarra, que heredó de su padre, un mundo tierno, nostálgico, abrumador, representado dignamente en cada una de sus bien entramadas historias.

Su obra cumbre, a mis oídos subjetivos, es “Noel Nicola y Santiago Feliú entre otros”, ese disco que a su vez es un paseo maravilloso por algunos de sus temas más bellos, interpretados de manera extraordinaria por estos dos cantautores que dan título a este trabajo. Las guitarras juegan un papel predominante, le dan el sentido preciso al filin general de la grabación. Cada canción tiene la armonía perfecta, única, con identidad propia, y la voz imponente de Noel es apocalíptica, como si resonara desde las entrañas de una caverna solitaria, no para venir a imponer respeto, sino para sentir en lo más profundo de los sentidos una calidez insospechada. El tema “El tiempo y yo”, uno de mis favoritos, parece un verdadero tratado sobre la relatividad general, como si hubiera sido escrito no por un trovador, sino por un físico:

El tiempo y yo
no nos ponemos de acuerdo:
yo digo que por siempre,
él dice que jamás.

¿Serán locuras las de mis pensamientos?
si he llegado a pensar
que no existe un después,
que no existe un final,
que cuando soy feliz es para una eternidad

Por eso estoy un poco fuera del tiempo:
puedo vivir la vida entera en un instante, nada más…
y es que tan sólo en un minuto yo siento
que no existen los días,
son mentira las horas,
no es verdad que hay semanas…
y he llegado a pensar que esta canción ya la canté…
¡mañana!

Hoy, que he profundizado en su legado desde entonces; que he visto los dos documentales sobre su vida, “Así como soy” y “Nos queda su canción”, ambos del realizador Carlos León; que he leído entrevistas, textos, artículos escritos por él y sobre él; que he visto videos de algunas de sus interpretaciones en vivo; que he escuchado casi la totalidad de sus canciones grabadas, me siento plenamente identificado con su música, con su trayectoria. ¡Cómo me hubiera gustado conocerlo en persona, tener esa fortuna de haberlo escuchado, de haber cruzado al menos unas cuantas palabras con él! Habría sido muy dichoso. Porque personas de su estatura espiritual no se dan en racimos. Porque a pesar de ello, siento que lo conozco, pues su alma ha trascendido, ha dejado una enorme riqueza cultural no sólo para la música de la Nueva Trova, sino para la música cubana entera. Y su calidez humana, su nobleza, ha traspasado ya fronteras y generaciones. Y ha llegado hasta mí de la forma más inesperada.

¿Y por qué he dicho que hay personas que parece que el destino se afana en que conozcamos? Porque el capricho de los números no miente: cuando visité la tumba de Noel fue un 7 de agosto, día en que murió pero en 2005 (en aquel entonces yo no sabía esto), y este texto lo estoy publicando coincidentemente un 7 de octubre, fecha del nacimiento (en 1946) del querido Nicola.

Hoy es tu día, maestro, y aunque no veías ningún misterio cabalístico en las fechas y días precisos, quiero celebrar, al lado de aquellos que sólo te conocemos a través de tu obra, el nacimiento del gran hombre que conquistaría el oído y el corazón de muchas personas.

Con aprecio Noel.

martes 5 de abril de 2011

Un cofre oxidado en medio del océano


Uno espera dejar un rastro tras de sí mientras va transitando. Una estela. Una huella tangible que nos dé un poco de seguridad mientras andamos, para no sentirnos vacíos, como fantasmas errando en medio del desierto. Porque si observamos que no hay nada detrás de nosotros, nos pondremos melancólicos, pensaremos que no ha valido la pena lo gastado de los zapatos rotos, transitando por un mundo que no da cuenta de nuestra existencia. Estaremos entonces condenados a desandar los pasos y comenzarlo todo de nuevo.

Por eso uno no puede ir por la vida sin hacer amigos. La naturaleza misma de las cosas es abrumadoramente reveladora: El vínculo es indispensable para sobrevivir. Todo tiende a estar unido. Las células, las tribus, los animales, las galaxias, Carmen Salinas y Paquita la del Barrio... La fuerza de gravedad en mayor escala, y la fuerza nuclear fuerte a nivel atómico, nos obligan a hacerlo. Pero la amistad es un caso especial de relación. Exige lealtad, respeto, confianza y solidaridad, si no, no funciona, el vínculo se debilita y al poco tiempo se rompe. Un verdadero amigo (y no mamadas) es aquél que puede dar la vida por el otro, sin dudarlo, si estuviera en una situación de vida o muerte. Y lo haría con sumo amor.

Los caminos del señor destino son inescrutables; por eso, la manera en que los amigos llegan a veces es un misterio. Uno puede elegir a los amigos de manera intencionada, consciente, simplemente con señalarlos y decir “engarróteseme ahí porque tú vas a ser mi amigo, y te chingaste”, así de fácil, porque resulta que esa persona y su manera de hablar o de moverse, nos fascinaron. O puede ser que al principio odiábamos a esa persona porque creíamos que era un grandísimo mamón, nos caía de la chingada, y con el tiempo convivimos y charlamos de ciertas cosas y resulta que ahora nos cae rebien. Así ocurre: quién sabe cuándo un amigo puede aparecer a la vuelta de la esquina menos pensada.

Es en este contexto, pues, en el que quiero compartirles de cuando una vez me sumergí en las profundidades de un océano misterioso, encontré un cofre medio oxidado que llevé a la superficie, lo coloqué cuidadosamente sobre una piedra lisa, lo abrí y ahí estaba, un diamante precioso, brillante, que todos los días ilumina mi camino y al mismo tiempo le da una calidez infinita: Celina, mi más grande y bella amiga.

Las palabras a veces no son lo suficientemente totalizantes para describir la verdadera belleza. La poesía en muchos momentos lo logra, pero tendríamos que hacer un ejercicio muy pleno de abstracción para lograr atrapar las imágenes que dentro de la hoja en blanco nos presenta. Por eso hablar de lo que siento por ella, me resultará con las palabras difícil hacerlo porque me limitará.

No es necesario que describa cada una de tus virtudes, Celina; de quién eres, ni lo que haces. Prefiero mejor platicar sobre lo que me inspiras, lo que has dejado sembrado en mí, pues de eso se tratan los amigos, de la enorme influencia positiva que han causado para nuestra vida y lo que queda de ellos en nuestros corazones, incluso cuando ya no están cerca de nosotros. Y es que tú, querida amiga, con cada uno de tus actos, de tus cariños, de los gestos que noblemente has tenido hacia conmigo, has depositado una bella flor en mi espíritu. Cada día recibo un mensaje de ti, un pensamiento, un buen deseo que vuelve mi rutinario mundo, en algo mágico, en algo esperanzador. Tu alegría, tu enorme resplandor, aparecen con la llegada de los primeros rayos del sol, y me haces sonreír cuando te pienso. Y es que, todos los juegos que hemos creado juntos, las borracheras, las largas pláticas sobre temas profundos o banales, o contándonos algún chiste, o chismeando sobre fulanita de tal que ¡qué mal se veía en la fiesta aquella!, o sobre los problemas que nos aquejan y parece no haber solución, y resulta que no era cierto y volvemos a reír y a volver a nuestro mundo mágico; todo eso junto ha marcado nuestra amistad. Algo glorioso, algo que ha quedado ya tatuado debajo de mi piel.

Me has aconsejado, me has compartido parte de tu vida, tus miedos, y has depositado tu entera confianza en mí. Me has visto llorar. Conoces mis más íntimos secretos. Sabes de lo que soy capaz, y, cuando me siento triste, tienes para mí la palabra precisa que resucita el entusiasmo por continuar.

Contigo he hecho ni lo que en la edad de la inocencia se hace con los cuates del colegio: un pacto sagrado de amistad, de esos en donde te punzas con una aguja la yema de tu dedo y unes tu sangre con la del otro. Puedo decir, incluso, que si existieran las almas gemelas, tú serías la mía, sin lugar a dudas.

Es bello tener a alguien así. Es bello contar en esta vida con personas como tú, Muk yah. Por eso es que hoy, con el corazón abierto y sin ninguna especie de pudor, lo digo así, al chilaquil: te quiero bastantemente, hermosa...

Y no miento al decir, Celina (esto lo sabes ya de sobra, te lo he venido demostrando con paciente dedicación), que estaré contigo el resto de esta y las próximas vidas que me toquen por existir.

lunes 31 de enero de 2011

Caminos que se tuercen


Es así de sencillo: O crees en el destino (todo está endiabladamente premeditado), o en la casualidad (cada suceso es consecuencia de otro previo que lo desencadenó), pero no en ambos al mismo tiempo. Es una mafia: Decides con cuál te enrolas, porque a partir de ahí, se abrirá un sendero que deberás seguir a pie. Es complicado, lo sé, porque los dos nos ofrecen estilos de vida muy distintos: Uno nos permite vivir un poco más relajados, en una, digamos, espera pacífica y resignada. El otro implica un esfuerzo todavía mayor, en donde el espíritu no siempre sale muy bien librado, cuando uno intenta hacerse paso por sí mismo. Me explicaré:

Imaginemos una escena un poco loca como esta: Uno se encuentra parado sobre la carretera, en medio de la nada. Parece ser una tarde tranquila. De pronto, un coche sale de entre una oscura cortina de polvo y se dirige hacia nosotros, a ciento ochenta por hora. El sentido común nos indica que debemos hacernos a un lado para no salir lastimados. El problema es que ya tenemos un antecedente de lo que ocurrirá en los próximos minutos, una especie de déja vù: Si permanecemos ahí, el coche nos arrollará, resultaremos severamente lesionados, casi al borde de la muerte; iremos a un hospital, sanaremos después de algunos meses de difíciles terapias, nos reincorporaremos a nuestra vida cotidiana paulatinamente y el trauma nos acompañará quizá por varias décadas. ¿Pero por qué diablos tomamos la decisión de quedarnos ahí si conocíamos las funestas consecuencias de tal hecho? ¿Acaso nos acababan de operar del cerebro o qué? Pues no. Lo hicimos porque sentimos que así debía ser. Algo o alguien nos lo reveló; o al menos así lo percibimos en el fondo de nosotros, pues una voz circuló por nuestro torrente sanguíneo y nos lo comunicó quién sabe cómo, con un lenguaje que no nos interesa explicar. Lo que pasa es que, lo supimos siempre, había una razón para ello, para que eso ocurriera así: Una verdad más grande que nosotros y que nos atraviesa, nos trasciende: Con el trascurrir del tiempo lo comprenderemos luminosamente. Como podemos ver, esto resulta un poco incómodo. Nos entra la duda. ¿No estaremos engañándonos a nosotros mismos? ¿No estaremos delante de una quimera bellamente autoimpuesta? Para percibir estas cosas se necesita de un sexto o séptimo sentido (aún por descubrirse científicamente), o la combinación potenciada de los cinco que ya poseemos… Sepa la bola, el chiste es que no lo dedujo directamente nuestra inteligencia, fue algo más. La pregunta entonces es: ¿Qué hacemos cuando el destino viene hacia nosotros a ciento ochenta por hora?

¿Existe una sabiduría profunda detrás de cada suceso, que no alcanzamos a comprender en una primera instancia? ¿Debemos creer que, si tomáramos un evento de nuestra vida (por muy simple que parezca), como si fuera una cebolla, y empezáramos a desgajarla capa por capa, nos encontraremos con un núcleo brillante que nos dará esperanza, una verdad que definitivamente nos dará felicidad al final del trayecto?

No solemos ser pacientes. Queremos resultados inmediatos, tangibles; empaquetados, si es posible. No estamos acostumbrados a esperar. Y además, ¿por qué habríamos de hacerlo si se corre un gran riesgo? ¿Cómo saber si nos espera algo mejor? ¿Quién nos lo garantiza? ¿Qué secretario de gobernación puede darnos fe de la legalidad de las cosas? ¿Existe realmente el destino?

Si le pasa algo a un ser querido; si perdemos el trabajo; si no encontramos el amor, o nos aferramos a una persona porque pensamos que nuestro destino está a su lado, porque es el amor de nuestra vida, ¿debemos resistir con estoicismo?

Lo decía en un principio, es muy sencillo. Hay dos caminos: La vida es un entramado complejo, sutil, en donde lo que le ocurre a uno de sus hilos, afecta al telar completo. O, hagas lo que hagas, no te molestes, ya hay un plan único para ti, previamente diseñado, que deberás descubrir mientras vivas; un camino que deberás aceptar con humildad porque es una misión sublime que va más allá, incluso, de tu sola vida en turno.

¿Cuál realidad te pertenece? Elige y corre el riesgo.
Cuando lleguemos al final del túnel, veremos quién tenía la razón.

jueves 16 de diciembre de 2010

La ruta


Cuántas historias no se viven en las centrales de camiones. En los trayectos. En las calles, mientras esperamos el autobús. Porque todos hemos viajado en autobús alguna vez. Todos. Incluso Borges, incluso el millonetas de Slim. Yo, particularmente, los he usado mucho. Demasiado. Pero cada persona tiene su propia historia que contar, de acuerdo a su visión, de acuerdo a la ventanilla que le tocó mirar mientras viajaba. El solo destino; es decir, la ciudad a donde uno se dirige, daría la tela suficiente para cortar varios ensayos, pero es necesario volver unos días atrás, cuando nos cruzó por la mente que queríamos o necesitábamos tomar esa ruta.

Siempre que me encuentro en las terminales, me gusta ver el rostro de las personas, y trato de adivinar la razón por la que los tiene ahí. La mayoría de las veces veo caras sin expresión, rostros sombríos, quizá con el deseo guardado de no encontrarse en aquel sitio. Ahí no hay ricos ni pobres; bueno, sí los hay, pero a todos nos viene valiendo madres, porque sólo queremos llegar con bien a nuestro destino. Hay tantas anécdotas... Como la más reciente, cuando hice un viaje por Guatemala. Resulta que allá no existen centrales camioneras como en México. No es como aquí, que se concentran todas las líneas en un solo punto, llevando a la gente a cualquier lugar de la república, con o sin escalas. Para viajar allá, hay que trasladarse a varias colonias, dependiendo a dónde se quiera ir, porque las diferentes líneas de buses (así les llaman) se encuentran en varias localidades. No hay una buena infraestructura de transporte, como se ve. Los autobuses suelen ser folclóricos, y por lo regular, muy coloridos. Son camiones guajoloteros, rutas que tienen asientos para dos personas pero donde se sientan tres. Los moscas, que son las personas que le ayudan al chofer a cobrar, anuncian la llegada y salida de la unidad. Son unos verdaderos acróbatas, porque toman tu equipaje, lo montan en su espalda y lo suben al techo ¡con el autobús andando en carretera! Una delicia lo que te encuentras por aquel país centroamericano…

Con los autobuses tienes la ventaja de que puedes comprar tu boleto a última hora, incluso dos minutos antes y salir corriendo a alcanzar la unidad: si el chofi te ve agitando los brazos como loco, te puede subir si anda de buenas, cosa que no ocurre con los aviones, por ejemplo; a menos de que el piloto sea graduado de la escuela de pilotos de tepito, probablemente le ordenaría a la aeromoza, “güerita, dele chance al valedor, ábrale la compuerta; total, si vamos a caber toditos en el infierno, por qué en este pájaro con alas de acero no… ¡pásele pa tras, señito, y arrejunten un poco más las nalguitas!”

Si va a viajar en autobús, le voy a pedir -de la manera más atenta-, que siga estos consejos, por favor: 1) Si viaja, no tome. Es muy desagradable observar a un vato chupando arriba de los camiones, sobretodo si se güacarea en él. 2) Si ve que sube una embarazada, no sea huevón, déle el asiento. Total, unas cuantas cuadras que se chute parado no le va a causar ningún malestar: gánese el paraíso. 3) No sea naco, no le agarre las nalgas a las pasajeras cuando cruce por el pasillo. 4) No vaya diciendo “¡adiós, mamacita!” por la ventanilla a toda mujer guapa que vea por la calle. 5) No raye los asientos. No son obras de arte sus garabatos impúdicos. 6) Pida su parada con anticipación y no distraiga al operador de la unidad, a menos de que quiera escuchar todo el camino historias salidas del libro vaquero, o verdaderos dramas como los del programa La Rosa de Guadalupe.

Y una última cosa. Cuando baje de la unidad dé las gracias al chofi: aunque los vea greñudos, con lentes oscuros, de mal humor y con las cumbias a todo lo que dá, ellos a final de cuentas también tienen su corazoncito. Muy en el fondo, pero lo tienen.

miércoles 3 de noviembre de 2010

Lo simbólico


Estrechamos vínculos. Nos diluimos en las cosas. Queremos trascender nuestra esencia a través de lo real. Y para lograrlo, nos servimos de los símbolos: cuando queremos expresarle a alguien que estará aquí por el resto de la existencia, se lo decimos con un obsequio: un anillo de compromiso, una pulsera, un tatuaje. Y ese símbolo adquiere un valor casi sagrado para nosotros. Proyectamos en él un resumen de nuestra vida a su lado: Es, digámoslo en términos cosmológicos, la singularidad desnuda de una historia compartida.

Los símbolos son una fuente importante de recuerdos. Con ellos tratamos de materializar lo que no se ve, lo que no se toca, pero que representa algo concreto. ¿Pero qué tan importantes pueden llegar a convertirse? ¿Habrá en este planeta una persona que no sienta apego por algo material, que le fue dado por alguien? ¿Se puede vivir dejando de lado todo lo que algún día ocupó un espacio en nuestros sitios? ¿Y cómo saber si no se ha cruzado la línea entre la nostalgia y la locura?

Además de ser una luz brillante, reparadora, en determinados momentos de soledad, los recuerdos también pueden llegar a convertirse en un verdadero infierno. Pueden ser entidades de autoflagelación, de masoquismo. A estos objetos tangibles podemos atribuirles incluso poderes sanadores cuando no los tienen. Un crucifijo no cura. Lo que sana es la fe: Para una persona, una corcholata que ha encontrado a su paso puede ser la cosa más valiosa de este multiverso en el que vivimos; para otra, su colección de coches deportivos lo es todo. Todo depende del filtro, de lo empañado que esté el cristal con el que vemos. El cerebro humano logra efectos maravillosos en tales casos. Crea magia…

Mi abuelo guardaba todo. Cualquier cosa que le resultara práctico o importante, lo acumulaba. No sé si al mirarlo, años después, le trajera vivencias, le regresara una parte del pasado, como boomerang que retorna a nuestras manos después de unos minutos de ser lanzado. Lo que sí me queda claro es que todos tenemos la necesidad de perpetuar los bellos momentos. Y es que, tarde o temprano, serán nuestra tabla de salvación. Nos aferraremos a ellos cuando nos abrume una terrible depresión. Queremos tener muy presente que aquello existió y no fue un pálido sueño que nunca vio la luz.

Hay objetos de los cuales podemos prescindir. Si un buen día resulta que odiamos a la persona que nos dio ese artefacto simbólico, podemos tranquilamente lanzarlo al vacío para que la gravedad haga su trabajo. Podemos deshacernos de él en un arrebato de dolor. ¿Pero qué pasa con lo que no? Por ejemplo un tatuaje, una casa, y, ¡qué tremenda locura!, un hijo. ¿Un hijo puede llegar a ser un objeto simbólico? ¿Hay quien se atreva a pensar que, para recordar por siempre a una persona, se puede hacerlo procreando un hijo con ella? No quiero ni imaginarlo.

No es bueno aferrarse violentamente a los símbolos. Corremos el riesgo de convertirnos en ellos. Es mejor tratar de mantener un equilibrio. Ser el instante, no vivir en él. Es cierto que habitamos momentáneamente hermosos paraísos cuando miramos eso que nos dejaron. Sí, se abren los poros, la sangre se acumula y hierve. Pero hay veces que es mejor viajar ligeros.

De todos modos, lo que fue verdaderamente valioso nunca se perderá:
Aunque no existan vestigios concretos, lo que algún día nos hizo felices se quedará guardado muy adentro.

jueves 14 de octubre de 2010

Un don


Te encuentras confundido, mareado (más bien crudo), un domingo por la mañana, y tomas, como puedes, el control de la televisión. No hallas qué ver. No hay nada. Le estás cambie y cambie; cuando de pronto, irrumpe en la pantalla, un canal de música acá, loco, muy culto, de esos donde presentan a grandes intérpretes de la onda grupera, con escenas de telenovela, donde un gordito simpático de cabello largo saca a relucir un talento actoral insospechado, haciendo el papel de galán que sale en busca de su amada, una güerita despampanante, de las que bailan afuera de los oxxos. Todo esto sucede normalmente los domingos, cuando buscas algo qué ver en la televisión abierta porque no tienes cable. Sí, es una verdadera desgracia. Descubres lo que ya se sabe: que la música se ha banalizado terriblemente.

Adentrándome en el mundillo de la composición, encuentro que existen dos clases de compositores: aquellos a los que les pagan por hacer una chamba musical; y los otros, los comprometidos con el arte de sus canciones. La diferencia básica es que los primeros cumplen un objetivo concreto: que un intérprete logre posicionarse en la industria musical. Es obvio que las canciones mejor logradas son las realizadas por los segundos. Esto, sin embargo, no es justificante para que los temas que escuchamos en la radio, en la televisión, sean realmente deplorables. Me explicaré.

Hay ciertas reglas no escritas en el arte de la composición. Mencionaré sólo algunas: correcta acentuación de las palabras, seguimiento puntual de la métrica, no abordar temas trillados ni usar lugares comunes, y no realizar melodías predecibles. Una buena canción no necesariamente tiene que ser un gran poema; aunque ambas debieran ser un vehículo que nos conduzca al asombro. Un tema musical no tiene que enseñarnos nada de la vida y tampoco tiene que ponernos a indagar sobre el sentido de la existencia, pero sí debiera trastocarnos. No deja de ser, a final de cuentas, una obra de arte: son manifestaciones insobornables del espíritu.

Los compositores que escriben para artistas como RBD, Belinda o Paquita La Del Barrio, tienen algo en común: son unos huevones. No se quiebran mucho la cabeza, con que encuentren una melodía pegajosa, le metan dos o tres versos cursis, un “eres el aire que respiro”, “no puedo ya vivir sin ti”, o un “muéveme el pollo que está en el asador”, ya la hicieron. Lo más patético es que hay quien cree que son unos genios, que tienen malicia para hacer estos artefactos maravillosos. Pero no se confundan. Hablar sobre temas “modernos” en las canciones, meterle palabras como facebook, meils, o abordar el machismo de manera abierta, o sobre la liberación femenina, o el narco, no es tener malicia. No pierdan de vista que los compositores de esta calaña sólo buscan llamar su atención. Son, en cierto sentido, mercadólogos. Les quieren vender, y punto.

Es triste escuchar canciones sin pies ni cabeza. Letras escritas sobre una servilleta. Los compositores no se toman la molestia en hacer encajar de manera natural las palabras sobre la melodía. Ahí donde no cabe cierto verbo, ahí mismo lo quieren meter los irresponsables, como si quisieran empujar a un elefante en un pobre bochito. Pongamos por ejemplo una canción del Buki, “Si te pudiera mentir” (que lo único rescatable son los arreglos), aquella que dice, “no existe fórmula para olvidarte, que eres mi música y mi mejor canción”. La melodía exige acentuación en ciertas sílabas, de manera natural, es como un río que va buscando su propio cauce, pero Marco Antonio Solís quiso conducirla por su propio arroyo, valiéndole, y derivó en esta mala pronunciación: “no existe formulá para olvidarté, que eres mi musicá y mi mejor canción” (las tildes son mías). O el caso de una canción de Kalimba (que por cierto canta muy bien), el tema “Antes de ti”, monumento a la monotonía, donde se oscila dramáticamente dentro de un Re y un Sol en toda la canción, además de que el estribillo no es sino una continuación invariable de las estrofas.

En general hay buenos músicos en México, pero malos compositores. Es cierto que distintas canciones provocan diversos estados de ánimo: uno no prende una balada para ponerse a bailar, y tampoco escuchamos una cumbia para hacer un viaje místico, alucinante, a las profundidades del alma. Pero el oído no miente: la sonoridad de las palabras, su métrica, lo dicen todo. La letra y la melodía deben hacer un baile acompasado, rítmico, sutil, deben ir juntos, como el vuelo de las aves, nunca chocando, nunca amontonándose, siempre buscando la perfecta armonía que nos haga vibrar.

Porque la música, ese don que nos dieron a nosotros y a los animales, es de las cosas que le dan sentido a la vida... Por eso: ¡Di no a la banalización de la música!