miércoles, 30 de junio de 2010

Inmortales


No todo el mundo quiere presenciar el final de los tiempos. No todos quieren pasar la frontera de los cien años, hacerse rucos. Aunque hay algunos locos que sí. Pero para lograrlo, tendrán que apañar primero algunas maravillas tecnológicas dignas de ciencia ficción. Pero no cuentan con que, matemáticamente, es imposible vivir para siempre. De una u otra forma tenemos que morir. Sólo algunas cosas han permanecido desde que todo esto comenzó: algunos elementos químicos, la radiación de fondo, las leyes de la física. Pero todo lo demás, tarde o temprano cuelga los tenis. Chupa faros. Baila las calmadas. Ni siquiera la Tierra, nuestra madre, tendrá un final feliz. En algún punto colapsará. El propio Sol, cuando gaste su combustible, nos llevará a todos entre sus rayos y centellas. Entonces, ¿cómo suponer que la vida de un ser humano, no digamos ya la del Hombre, más bien la vida, a secas, puede durar para toda la eternidad?

He escuchado en un documental de Discovery que en un futuro no muy lejano seremos inmortales. Y como lo dice ni más ni menos que El Canal, con mayúscula, ¿cómo no sentirse abrumados con tal aseveración? Explicaban algo más o menos como lo siguiente: “Las microcomputadoras examinarán las capacidades neurológicas de una persona y cargarán el conocimiento, la experiencia y la personalidad, a un dispositivo de almacenamiento masivo. Entrarán al cerebro en tiempo real con nanobots, escáners del tamaño de una célula, y se esparcirán dentro del torrente sanguíneo. Harán un mapeo de todas las neuronas y recopilarán todos los detalles de los neurotransmisores, concentraciones de iones y conexiones interneurales, todo lo que nos conforma. Esto será factible. Llevará algo de tiempo, pero las implicaciones serán asombrosas. Una de ellas es la posibilidad de la inmortalidad. Se puede tener un respaldo de nuestros archivos: si el equipo muere, no será el final, sólo se transfieren a otra máquina y listo. Incluso pueden autorreplicarse y mejorar constantemente su diseño.” Esto es algo muy loco, por su pollo. ¿Pero qué satisfacciones podría provocar una vida así? ¿Uno podría amar? ¿Los bits de información podrían darnos alegrías? ¿La combinación de ceros y unos podría otorgarnos placeres? ¿Conviviríamos con los demás, ahora sí, sólo por Facebook? Es difícil imaginarlo.

El ser humano tiende a querer alargar su juventud. Quizá es una variante de la inmortalidad, pero está más relacionado con el deseo a ser bellos (con la vanidad), que al hecho en sí de querer trascender en el tiempo. Y en ese intento de seguir siendo jóvenes nos ponemos mascarillas, nos hacemos operaciones estéticas, tomamos tés que eliminan toxinas (los modernos elíxires de la eterna juventud), pero todo no recae más que en la superficialidad.

Creo que a la Humanidad le queda a lo mucho un milenio más. Lamentablemente estamos a expensas de muchos peligros: la autoaniquilación por guerras nucleares, los riesgos del espacio exterior (choque de meteoritos, disparos directos de viento solar, cambio de polaridad de la Tierra), la inminente gran explosión de Yellowstone, cambio climático extremo, hambrunas, invasiones extraterrestres y un gran etcétera.

En un futuro, los más afortunados llegarán a los ochenta con cordura, si tienen suerte. Pero nadie será inmortal. Es imposible. Sólo hay uno que se escapa constantemente a las garras seductoras de la Santísima: el gran Mum-Ra, cuando su cuerpo decadente se transforma al invocar a los antigüos espíritus del mal.

martes, 15 de junio de 2010

Un sueño realizado


Cuando a uno de chiquito le preguntan ¿qué quieres ser de grande?, de inmediato brincan las respuestas al cielo, como frijoles saltarines: “Bombero, doctor, abogado, astronauta”. Uno como padre (no soy padre, pero qué diablos) fomenta en los hijos esos sueños, haciendo todo lo que esté al alcance de la mano para apoyar las metas que inocentemente se han propuesto esos pequeños rufianes: Si quiere ser futbolista, se le van comprando balones, se le inscribe en la liga municipal de futbol; si va a ser maestro, se le enseña a hacer sumas y restas, a leer mucho; y si va a ser diputado, ya no es necesario enseñarle nada, ni siquiera a mentir ni a robar, eso solito lo va a aprender cuando crezca.

Pero si el sueño de nuestra nena es ser una pornstar, ¿qué se puede hacer ante semejante revelación? ¿Qué se le inculca en estos casos? ¿Cómo lidiar con este dramón? Complicado, por supuesto. No es tan sencillo como hacerse los sordos, que al cabo al rato se le pasará. ¿Pero a qué sueños tenemos derecho los seres humanos? Visto con los ojos de la moral mexicana (una moral machista), es un sueño perverso, maligno, que no debe ser llevado a cabo por ningún motivo mientras uno viva, faltaba más. Seguramente la madre de esa niña, angustiada, la llevaría directo con el padre Benito Candelas para que la conduzca por el buen camino. “Que rece cincuenta padres nuestros, doscientas aves marías y lávele la boca con pinol y agua bendita”, seguramente sentenciará el cura para liquidar el asunto. ¿Pero el hecho de desear algo con todas las fuerzas, por muy indecoroso que pueda verse, no es ya suficiente para obtener el consentimiento y aprobación de los demás?

Cualquier profesión u oficio son corruptibles. Y cuando una actividad que tiene que ver con la sociedad se corrompe ¡aguas!, suele tener daños colaterales funestos: Un policía, digamos, cuando es de los buenos, le trae al pueblo paz, seguridad; pero no así un policía que sólo se aprovecha del poder para extorsionar al ciudadano (cosa que sucede quizá en Europa pero nunca en este país, pero tenía que poner un ejemplo). Un juez de los chidos podría llevar la impartición de justicia a niveles utópicos, sublimes, pero cuando cede a las jugosas mordidas de los ricos e inclina la balanza del derecho a su conveniencia, le causa mucho daño a la sociedad. Un socorrista de los pocamadre brinda los primeros auxilios y se convierte, muchas veces, en la diferencia entre la vida y la muerte para los accidentados, pero cuando sólo se dedica a bolsear a la víctima para sacarle lo último que le queda (y que ya no le hará falta), qué terrible acto de deshonestidad. Estos hechos, como se ve, causan perjuicios reales a los demás, no imaginarios. En cambio, la pequeña de nuestro caso no le hará daño a nadie más que a los que se quieran sentir ofendidos, y eso será relativo, no directo.

Esperanza Gómez, voluptuosa joven colombiana de mi edad (pensándolo bien podría ser mi novia), cuando desde chiquita tenía ya la inquietud de participar en videos de contenido erótico, vivió esta situación en curva propia. Y cuando decidió lanzarse al mercado pornográfico estadounidense, ya de grande, se enfrentó a la moral del pueblo colombiano que la juzgó. Pero a ella no le importó. Y ahí la tienen: Desafió la corriente de un río enfurecido de prejuicios. Nadó sin detenerse hasta llegar a la otra orilla, sólo para ver realizado su sueño. Un sueño poco convencional, sí, pero sueño a final de cuentas.

Y ahora es famosa y muy feliz: una felicidad tan parecida y legítima, quizá, como cuando un estudiante universitario termina su carrera profesional.